—Estamos arruinadas y perdidas, hija mía —dicho la abadesa a Margarita—, pasaremos aquí toda la noche... nos saquearán... nos violarán...
⸺Nos vamos a divertir de lo lindo, dijo Margarita, a voz en cuello.
¡Sancta Maria! —exclamó la abadesa (olvidándose de la ¡oh!)—, ¿por qué me dejé gobernar por esta maldita articulación rígida? ¿por qué abandoné el convento de Andoüillets? y ¿por qué no permitiste que tu sierva marchara impoluta a su tumba?
—¡Ay, mi dedo! ¡mi dedo! —gritó el novicio, encendiéndose al oír la palabra criado—; ¿por qué no me conformé con meterlo aquí, o allá, en cualquier parte antes que hallarme en este aprieto?
—¡Estrecho! —dijo la abadesa.
—Estrecho —dijo la novicia; pues el terror había herido sus entendimientos—, la una no sabía lo que decía, la otra lo que respondía.
¡Oh, mi virginidad! ¡virginidad!, exclamó la abadesa.
⸺inidad!⸺inidad! dijo la novicia, sollozando.