¡Qué ritmo he llevado, corcoveando y retozón, dos arriba y dos abajo durante cuatro volúmenes seguidos, sin mirar ni una sola vez atrás, ni siquiera a un lado, ¡para ver a quién pisoteaba!—A nadie pisaré⸺me dije a mí mismo cuando monté⸻; daré un buen galope tendido; pero no le haré daño al más pobre burro del camino.⸺Así que partí⸺por un callejón⸻por otro, cruzando este peaje⸺saltando aquel, como si el archijinete de los jinetes se me hubiera subido a la grupa.
Ahora bien, montad a este paso con la buena intención y resolución que queráis—hay un millón a uno de que le hagáis daño a alguien, si no a vosotros mismos—¡Se ha caído—se ha desbocado—ha perdido el sombrero—está en el suelo—se va a romper la nuca—mirad!—¡si no ha galopado de lleno entre los andamios de los críticos especulativos!—¡se va a abrir la cabeza contra alguno de sus postes—ha salido despedido!—mirad—ahora va cabalgando como un loco a todo correr a través de toda una muchedumbre de pintores, músicos, poetas, biógrafos, médicos, abogados, lógicos, actores, escolásticos, eclesiásticos, estadistas, soldados, casuistas, entendidos, prelados, papas e ingenieros.—No temáis, dije yo—no le haré daño al más mísero borrico del camino real.—Pero vuestro caballo levanta polvo; mirad que habéis salpicado a un obispo.—Espero en Dios que haya sido solo a Ernulfo, dije yo.—Pero le habéis rociado de lleno la cara a los señores Le Moyne, De Romigny y De Marcilly, doctores de la Sorbona.—Eso fue el año pasado, contesté.—Pero en este mismo instante habéis pisoteado a un rey.—Malos tiempos corren para los reyes, dije yo, si los pisa gente como yo.
—Lo has hecho —respondió mi acusador.
Lo niego, dije yo, y así me libré, y heme aquí de pie con la brida en una mano y la gorra en la otra, para contar mi historia.—¿Y cuál es? Lo oiréis en el capítulo siguiente.