Cualquiera que sea el grado de escaso mérito que el acto de benignidad en favor de la comadrona pudiera reclamar justamente, o sobre quién recayera verdaderamente ese mérito —a primera vista no parece muy importante para esta historia—; cierto es, sin embargo, que la buena señora, la esposa del párroco, se llevó entonces la gloria entera: Y aun así, por mi vida, no puedo evitar pensar que el párroco mismo, aunque no tuvo la fortuna de concebir el plan primero —mas, como colaboró de todo corazón en él en el mismo instante en que se le expuso, y entregó de igual modo su dinero para llevarlo a cabo—, tenía derecho a cierta parte del mismo, si no a la mitad exacta de todo el honor que se le debiera.
El mundo en aquel entonces tuvo a bien resolver el asunto de otro modo.
Deja el libro, y te concederé medio día para que intentes adivinar con fundamento las razones de este procedimiento.
Sépase pues, que, unos cinco años antes de la fecha de la licencia de la partera, de la cual habéis tenido tan pormenorizada relación,—el clérigo de quien tratamos se había hecho la comidilla del lugar por una falta de decoro que había cometido contra su propia persona, su posición y su ministerio;—y esta consistía en no aparecer jamás mejor, ni montado de otra manera, que sobre un asno de caballo, flaco y lastimoso, tasado en cosa de una libra y quince chelines; el cual, para abreviar toda descripción suya, era hermano carnal de Rocinante, hasta donde la semejanza congénita podía hacerlo; pues correspondía a su descripción al pie de la letra en todo,—salvo que no recuerdo que en parte alguna se diga que Rocinante estuviera asmático; y que, por añadidura, Rocinante, como es la dicha de la mayoría de los caballos españoles, gordos o flacos,—era indudablemente un caballo en todos los sentidos.
Bien sé yo que el caballo del Héroe era de una honestidad tan recatada, que pudo dar pie a la opinión contraria; pero al mismo tiempo es tan cierto que la continencia de Rocinante (como puede demostrarse por la aventura de los arrieros yangüeses) no procedía de defecto ni causa corporal alguna, sino de la templanza y el ordenado curso de su sangre.—Y, créame, señora, hay en el mundo mucha y muy buena castidad en favor de la cual no sabría usted decir tanto ni con su vida.
Sea ello como fuere, como mi propósito es hacer cumplida justicia a todas las criaturas que saco a la palestra de esta obra dramática, no he podido silenciar esta distinción en favor del caballo de don Quijote; en lo demás, el caballo del cura, digo, era exactamente otro tal, pues era tan flaco, y tan magro, y tan penco, como el que la misma Humildad hubiera podido montar.
A juicio de este o aquel hombre de flaco criterio, en gran medida estuvo en manos del clérigo el haber mejorado la estampa de aquel caballo suyo,—pues era dueño de una hermosísima silla de medio arzón, acolchada en el asiento con felpa verde, guarnecida con una doble hilera de tachuelas de cabeza plateada y un noble par de brillantes estribos de latón, con una gualdrapa enteramente a juego, de fino paño gris, con un ribete de encaje negro, rematado en un profundo flequillo de seda negra, poudré d’or,—todo lo cual había comprado en el orgullo y la flor de su vida, junto con una grandiosa brida repujada, ornamentada por doquier como es debido.⸺Pero, no queriendo someter a burla a su bestia, lo había colgado todo tras la puerta de su estudio:—y, en lugar de ello, lo había provisto con toda seriedad justamente de la brida y la silla que la estampa y el valor de semejante corcel bien y verdaderamente merecían.
En sus diversas incursiones por su parroquia, y en sus visitas vecinas a los hidalgos que vivían a su alrededor, —comprenderéis fácilmente que el clérigo, así designado, oiría y vería lo suficiente como para evitar que su filosofía se oxidara. A decir verdad, jamás entraba en una aldea sin captar la atención tanto de jóvenes como de ancianos.⸺El trabajo se detenía a su paso⸺el cubo quedaba suspendido a mitad del pozo,⸺la rueca olvidaba su giro,⸺incluso el juego del chillo y el de la taba se quedaban boquiabiertos hasta que él se perdía de vista; y como su marcha no era de las más rápidas, por lo general le sobraba tiempo para hacer sus observaciones,—para escuchar los gemidos de los devotos— y las risas de los alegres;—todo lo cual soportaba con excelente tranquilidad.—Su carácter era tal—que llevaba la broma en el corazón— y, al verse a sí mismo desde el verdadero punto de vista del ridículo, solía decir que no podía enfadarse con los demás por verlo bajo una luz en la que él mismo se veía con tanta fuerza: de modo que ante sus amigos, que sabían que su debilidad no era el amor al dinero y que, por tanto, escrupuloseaban menos a la hora de bromear sobre la extravagancia de su humor,—en lugar de dar la verdadera causa,—prefería unirse a las risas contra sí mismo; y como no llevaba ni una sola onza de carne en sus propios huesos, siendo una figura tan enjuta como su cabalgadura,—a veces insistía en que el caballo era tan bueno como el jinete merecía;—que ambos eran, a modo de centauros,—tal para cual. En otras ocasiones, y en otros ánimos, cuando su espíritu se encontraba por encima de la tentación del ingenio fácil,—solía decir que se iba muriendo a pasos agigantados de tisis; y, con gran seriedad, pretendía que no podía soportar la vista de un caballo gordo sin sufrir un abatimiento de corazón y una alteración perceptible en el pulso; y que había elegido el rocín flaco que montaba, no solo para guardar las apariencias, sino para mantener el ánimo.
En diferentes ocasiones daba cincuenta razones graciosas y pertinentes para montar un rocín manso y asmático, preferiblemente a uno de brío; —pues sobre semejante penca podía ir sentado mecánicamente y meditar tan deleitosamente de vanitate mundi et fugâ saeculi, como con la ventaja de una calavera ante sus ojos; —que, en cualesquiera otros ejercicios, podía emplear su tiempo, mientras cabalgaba despacio, —tan provechosamente como en su estudio; —que podía hilvanar un argumento para su sermón, —o un roto en los calzones, con tanta firmeza sobre lo uno como sobre lo otro; —que el trote vivo y la argumentación lenta, como el ingenio y el juicio, eran dos movimientos incompatibles. —Pero que sobre su corcel —podía unirlo y reconciliarlo todo, —podía componer su sermón —podía componer su tos, —⸺y, en caso de que la naturaleza hiciese un llamamiento en tal sentido, podía asimismo disponerse a dormir. —En suma, el clérigo en tales trances aducía cualquier causa antes que la verdadera, —y callaba esta última únicamente por delicadeza de carácter, porque creía que le honraba.
Pero la verdad de la historia era la siguiente: en los primeros años de la vida de este caballero, y por la época en que compró la magnífica silla y la brida, había sido su costumbre, o su vanidad, o llámese como se quiera, caer en el extremo opuesto. En el lenguaje del condado donde habitaba, se decía de él que le gustaba un buen caballo, y por lo general tenía uno de los mejores de toda la parroquia en su caballeriza, siempre listo para ensillar; y como la comadrona más cercana, según les dije, no vivía a menos de siete millas de la aldea, y en un terreno pésimo, acontecía que el pobre caballero difícilmente pasaba una semana entera sin alguna súplica piadosa pidiendo su bestia; y como no era un hombre de mal corazón, y cada caso era más urgente y angustioso que el anterior, por mucho que amara a su bestia, nunca tenía el valor de negarla; cuyo resultado era por lo general este: que su caballo terminaba con tendinitis, o esparavenes, o derrames; o padecía de papabuena, o asma, o en fin, algo le había ocurrido que no le dejaba guardar carnes, de modo que cada nueve o diez meses se encontraba con un mal caballo del que deshacerse y un buen caballo que comprar en su lugar.
A cuánto pudiera ascender la pérdida en un balance semejante, communibus annis, se lo dejaría yo a determinar a un jurado especial de damnificados en el mismo tráfico;—pero, fuera la que fuese, el honrado caballero la soportó durante muchos años sin una queja, hasta que al fin, debido a repetidos malos accidentes de esa índole, juzgó necesario tomar el asunto en consideración; y tras sopesarlo todo y resumirlo en su mente, halló que no solo era desproporcionado con respecto a sus otros gastos, sino además un renglón tan pesado en sí mismo, que le incapacitaba para cualquier otro acto de generosidad en su parroquia: Además de esto, consideró que con la mitad de la suma así galopada lejos, podría hacer diez veces más el bien;—y lo que aún pesó más en él que todas las demás consideraciones juntas, fue esto, que confinaba toda su caridad a un cauce particular y donde, según creía, era la que menos hacía falta, a saber, a la parte de su parroquia dada a engendrar y parir hijos; sin reservarle nada al impotente,—nada al anciano,—nada a las muchas escenas desoladas que a cada hora era llamado a visitar, donde la pobreza, la enfermedad y la aflicción moraban juntas.
Por estas razones resolvió suprimir el gasto; y no se le antojaban sino dos maneras posibles de salir netamente del apuro;—y éstas eran, o bien hacer una ley irrevocable de no prestar nunca más su bridón por súplica ninguna del mundo,—o bien conformarse con cabalgar al último pobrecito de los diablos, tal como lo habían dejado, con todos sus dolores y achaques, hasta el fin del capítulo.
Como temía su propia constancia en lo primero, se entregó muy alegremente a lo segundo; y aunque bien podría haberlo explicado, como he dicho, en honor suyo, sin embargo, por esa misma razón, tenía un espíritu superior a ello; prefiriendo soportar el desprecio de sus enemigos y la risa de sus amigos, antes que pasar por el dolor de contar una historia que pudiera parecer un panegírico sobre sí mismo.
Tengo el concepto más elevado de los sentimientos espirituales y refinados de este reverendo caballero, a partir de este único rasgo de su carácter, que creo que está a la altura de cualquiera de los honrados refinamientos del incomparable caballero de La Mancha, a quien, a propósito, con todas sus locuras, amo más, y de hecho habría ido más lejos a visitar, que al mayor héroe de la antigüedad.
Pero esta no es la moraleja de mi historia: lo que yo pretendía era mostrar la disposición del mundo en todo este asunto.—Pues habéis de saber que, mientras esta explicación le habría dado mérito al clérigo,—ni el diablo en persona pudo dar con ella;—supongo que sus enemigos no habrían querido, y sus amigos no habrían podido.⸺Mas tan pronto como él se movió en favor de la comadrona, y pagó los gastos de la licencia del obispo para establecerla,—todo el secreto salió a la luz; cada caballo que había perdido, y dos caballos más de los que jamás había perdido, con todas las circunstancias de su destrucción, fueron conocidos y recordados con pelos y señales.—La historia corrió como pólvora—«Al clérigo le había dado un ataque de soberbia que acababa de apoderarse de él; y volvía a montar a caballo como Dios manda una vez más en su vida; y si era así, era tan claro como la luz del mediodía, se embolsaría el gasto de la licencia, multiplicado por diez, el primer año mismo:—De modo que a todo el mundo se le dejó juzgar cuáles eran sus intenciones en este acto de caridad».
Cuáles fueran sus opiniones en este y en cualquier otro acto de su vida,—o más bien cuáles eran las opiniones que flotaban en las cabezas de los demás al respecto—, era un pensamiento que demasiado flotaba en la suya, y con demasiada frecuencia interrumpía su descanso cuando debería haber estado profundamente dormido.
Hace unos diez años este caballero tuvo la buena fortuna de quedar enteramente tranquilo a ese respecto,—habiendo pasado justo tanto tiempo desde que dejó su parroquia,—y al mismo tiempo el mundo entero atrás,—y rinde cuentas ante un Juez del que no tendrá motivo de queja.
Pero hay una fatalidad que persigue las acciones de ciertos hombres: por más que las ordenen, atraviesan un cierto medio que las retuerce y refracta de tal modo respecto a sus verdaderas direcciones, que, con todos los títulos de alabanza que la rectitud de corazón pueda otorgar, los autores de aquellas se ven no obstante obligados a vivir y morir sin ellas.
De la verdad de lo cual, este caballero fue un doloroso ejemplo.—Pero para saber por qué medios esto llegó a suceder,—y para hacer que ese conocimiento os sea útil, insisto en que leáis los dos capítulos siguientes, los cuales contienen tal esbozo de su vida y conversación, que llevará consigo su moraleja.—Hecho esto, si nada nos detiene en el camino, seguiremos adelante con la comadrona.