En el mismo pueblo donde mi padre y mi madre moraban, moraba también una flaca, recta, maternal, hacendosa y buena vieja comadrona, la cual, con la ayuda de un poco de sano sentido común y de algunos años de pleno empleo en su oficio —en el cual siempre había confiado poco en sus propios esfuerzos y muchísimo en los de la señora Naturaleza—, se había ganado, a su manera, no pequeña reputación en el mundo; ⸺por cuya palabra mundo, ¿tengo acaso en este lugar que informar a vuestra señoría que quiero dar a entender nada más que un pequeño círculo trazado sobre el círculo del gran mundo, de cuatro millas inglesas de diámetro poco más o menos, del cual se supone que la cabaña donde vivía la buena anciana es el centro?⸺ Había quedado, al parecer, viuda y en gran apuro, con tres o cuatro niños pequeños, en su año cuarenta y siete; y como era por entonces una persona de porte decente, ⸺de gravedad en el talante, ⸺una mujer por añadidura de pocas palabras y, a la vez, objeto de compasión, cuyos apuros y silencio ante ellos clamaban con mayor fuerza pidiendo una mano amiga, la esposa del párroco de la feligresía se sintió movida a compasión; y habiendo lamentado a menudo un inconveniente al que el rebaño de su esposo había estado expuesto durante muchos años, por cuanto no había modo de hallar una comadrona de clase o categoría alguna, por muy urgente que fuese el caso, a menos de seis o siete largas millas de trayecto, las cuales dichas siete largas millas en noches oscuras y caminos lúgubres, al no ser la comarca de por allí otra cosa que arcilla profunda, equivalían casi a catorce, y eso en la práctica a veces equivalía casi a no tener comadrona en absoluto; se le metió en la cabeza que sería hacerle un favor tan oportuno a toda la feligresía como a la pobre criatura, instruirla un poco en algunos de los principios sencillos del oficio para ponerla en él. Como ninguna mujer de los alrededores estaba más cualificada para ejecutar el plan que había concebido que ella misma, la noble señora lo emprendió muy caritativamente; y como tenía gran influencia sobre la parte femenina de la feligresía, no halló dificultad alguna en llevarlo a cabo colmando sus mayores deseos. En verdad, el párroco unió su interés al de su esposa en todo el asunto; y para hacer las cosas como debían ser y otorgar a la pobre alma un título legal para ejercer tan válido como el que su esposa le había dado por institución, ⸺pagó alegremente de su propio bolsillo los derechos de la licencia del ordinario, que ascendían en total a la suma de dieciocho chelines y cuatro peniques; de modo que, entre los dos, la buena mujer quedó plenamente investida de la posesión real y corporal de su cargo, junto con todos sus derechos, miembros y accesorios cualesquiera.
Estas últimas palabras, habéis de saber, no se ajustaban a la fórmula antigua en la que solían redactarse tales licencias, facultades y poderes, que en casos semejantes se habían concedido hasta entonces a la hermandad.
Sino que se ajustaban a una pulcra fórmula ideada por el propio Didius, quien, teniendo una particular habilidad para desmontar y volver a armar toda clase de instrumentos de esa índole, no solo dio con esta primorosa enmienda, sino que engatusó a muchas de las viejas matronas licenciadas del vecindario para que abrieran de nuevo sus facultades con el fin de insertar este dichoso invento suyo.
Confieso que nunca pude envidiar a Didius en esta clase de caprichos suyos:—Pero cada hombre con su gusto.—¿Acaso el doctor Kunastrokius, ese gran hombre, en sus ratos de ocio, no encontraba el mayor deleite imaginable en peinar rabos de burro, y en arrancarle los pelos muertos con los dientes, a pesar de tener siempre pinzas en el bolsillo? Es más, a fin de cuentas, señor, ¿no han tenido los hombres más sabios de todas las épocas, sin excluir al mismísimo Salomón,—no han tenido sus Caballitos de batalla—; sus caballos de carreras,—sus monedas y sus conchas marinas, sus tambores y sus trompetas, sus violines, sus paletas—; sus manías y sus mariposas?—Y mientras un hombre monte su Caballito de batalla pacífica y tranquilamente por el camino real, y ni a usted ni a mí nos obligue a subirnos detrás de él,—dígame, señor, ¿qué tenemos que ver ni usted ni yo con eso?