Los antiguos godos de Alemania, que (según afirma con seguridad el docto Cluverius) se asentaron primero en el país situado entre el Vistula y el Oder, y que después incorporaron a loshérulos, a los bugios y a otros clanes vándalos a su pueblo—, tenían todos ellos la sabia costumbre de debatir dos veces todo asunto de importancia para su Estado; esto es,—una vez borrachos, y otra sobrios:⸺Brachos,—para que a sus consejos no les faltara vigor;⸺y sobrios,—para que no les faltara prudencia.
Ahora bien, siendo mi padre un gran bebedor de agua,—estuvo a punto de morirse de apuro durante mucho tiempo, por sacarle tanto provecho a esto como a todo lo demás que los antiguos hicieron o dijeron; y no fue sino hasta el séptimo año de su matrimonio, tras mil experimentos e ingenios infructuosos, que dio con un expediente que surtió efecto;⸺y este consistía en que, cuando había que resolver en la familia algún asunto difícil e importante que requiriera gran sobriedad y también gran ánimo para su determinación,⸺fijaba y reservaba la noche del primer domingo del mes, y la noche del sábado que le precedía inmediatamente, para debatirlo en la cama con mi madre: Por cuyo artificio, si usted lo considera, Señor, consigo mismo, * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * *
Estos, mi padre, con bastante gracia, los llamaba sus lechos de justicia; pues de las dos deliberaciones tomadas en estos dos estados de ánimo diferentes, se solía hallar una intermedia que tocaba el punto de la sabiduría tan bien como si se hubiera emborrachado y desebriado cien veces.
No debe ocultarse al mundo que esto funciona tan bien en las discusiones literarias como en las militares o conyugales; pero no cualquier autor puede hacer la prueba tal como la hicieron los godos y los vándalos—o, si puede, que sea siempre para la salud de su cuerpo; y hacerlo, como lo hizo mi padre,—¿estoy seguro de que sería siempre para la de su alma?
Mi método es este:⸺
En todas las discusiones agradables y peliagudas—(de las cuales, ¡cielo santo!, hay por desgracia demasiadas en mi libro),—en las que veo que no puedo dar un paso sin el peligro de ganarme la enemistad de sus señorías o de sus reverencias⸺escribo la mitad beodo—y la otra en ayunas;—o lo escribo todo beodo—y lo corrijo en ayunas;—o lo escribo en ayunas—y lo corrijo beodo, pues todo viene a ser lo mismo:—De modo que, con una variación de los planes de mi padre menor que la del gótico respecto a los suyos,⸺me siento a la par suya en su primer lecho de justicia,—y en nada inferior a él en el segundo.⸺Estos efectos tan diversos y casi irreconciliables provienen uniformemente del sabio y maravilloso mecanismo de la naturaleza—; a quien—sea la gloria.—Todo lo que podemos hacer es girar y accionar la máquina para el perfeccionamiento y mejor laborío de las artes y las ciencias.—
Ahora, cuando escribo harto,—escribo como si jamás volviera a escribir en ayunas en lo que me queda de vida;⸺es decir, escribo libre de las cuitas y también de los terrores del mundo.⸺No cuento el número de mis cicatrices,—ni mi fantasía se aventura por oscuros zaguanes y callejones para anticipar mis puñaladas.⸺En una palabra, mi pluma sigue su curso; y sigo escribiendo tanto desde la plenitud de mi corazón como de mi estómago.⸺
Pero cuando, si place a vuestras señorías, escribo en ayunas, es otra historia muy distinta.—Presto al mundo toda la atención y el respeto posibles,—y tengo una parte tan grande (mientras dura) de esa ínfima virtud de la discreción como el mejor de vosotros.—De modo que, entre ambas cosas, escribo una especie de libro shandiano descuidado, cortés, sin sentido y de buen humor, que os hará tanto bien a todos los corazones—
⸺Y todas vuestras cabezas también,—con tal de que lo entendáis.