La señora Bridget había empeñado toda la pequeña reserva de honor que una pobre doncella posee en el mundo con tal de llegar al fondo del asunto en diez días; y se basaba en uno de los postulados más admisibles de la naturaleza: a saber, que mientras mi tío Toby le hacía la corte a su ama, al cabo no se le ocurriría al cabo otra cosa mejor que hacer que hacerle la corte a ella⸺«Y dejaré que me la haga todo lo que quiera —dijo Bridget—, para sacárselo».
La amistad tiene dos prendas; una exterior y otra interior.
Bridget servía a los intereses de su ama con la primera, y hacía lo que más le placía a ella misma con la segunda; de modo que tenía tantos intereses en juego con respecto a la herida de mi tío Toby como el diablo mismo—; la señora Wadman solo tenía uno— y como posiblemente fuera el último (sin desanimar a la señora Bridget ni desacreditar sus talentos), estaba decidida a jugar sus cartas por sí misma.
Ella no quería ánimo: un niño habría podido mirarle a la mano⸺tanta era la llaneza y la sencillez con que jugaba las pocas cartas de triunfo que tenía⸺, con semejante ignorancia confiada del ten-ace⸺ y tan desnudo e indefenso se sentía sentado en el mismo sofá con la viuda Wadman, que a un corazón generoso se le habrían saltado las lágrimas de haberle ganado la partida.
Dejemos la metáfora.