Yorick se llamaba este clérigo, y, lo que es muy notable en él (según consta en una antiquísima relación de la familia, escrita sobre vitela recia y hoy en perfecta conservación), se había escrito exactamente así durante cerca,⸺estuve a un pelo de decir que novecientos años;⸺pero no quiero poner en entredicho mi crédito contando una verdad improbable, por indiscutible que sea en sí misma;⸺y por tanto me conformaré con decir tan solo⸺que se había escrito exactamente así, sin la menor variación ni transposición de una sola letra, durante no sé cuánto tiempo; lo cual es más de lo que me atrevería a decir de la mitad de los mejores apellidos del reino, los cuales, en el transcurso de los años, por lo general han sufrido tantos recortes y mudanzas como sus dueños.—¿Se ha debido esto al orgullo o a la vergüenza de sus respectivos propietarios?—A decir verdad, creo que a veces a lo uno y a veces a lo otro, según ha obrado la tentación. Mas es un asunto infame, y un día nos mezclará y confundirá a todos de tal modo, que nadie será capaz de levantarse y jurar: «Que su propio bisabuelo fue el hombre que hizo esto o aquello».
Contra este mal se había puesto a salvo suficientemente mediante el prudente cuidado de la familia de Yorick, y la religiosa preservación de estos anales que cito, los cuales nos informan además de que la familia era originariamente de extracción danesa, y había sido transplantada a Inglaterra ya en el reinado de Horwendillus, rey de Dinamarca, en cuya corte, al parecer, un antepasado de este señor Yorick, y de quien descendía en línea directa, ocupó un puesto considerable hasta el día de su muerte.
De qué naturaleza era este puesto considerable, no lo dicen estos anales;—Tan solo añaden que, desde hacía cerca de dos siglos, había sido totalmente abolido por considerarse del todo innecesario, no solo en aquella corte, sino en cualquier otra corte del mundo cristiano.
A menudo se me ha venido a la cabeza que este puesto no podía ser otro que el de bufón principal del rey;—y que el Yorick de Hamlet , en nuestro Shakespeare , muchas de cuyas obras, como sabes, se basan en hechos autentificados, era sin duda el hombre en cuestión.
No tengo tiempo de examinar la Historia danesa de Saxo Grammaticus para comprobar la certeza de esto; mas, si tenéis tiempo y podéis consultar el libro con facilidad, podéis hacerlo por vosotros mismos tan bien como yo.
Apenas tuve tiempo, en mis viajes por Dinamarca con el hijo mayor del señor Noddy, a quien, en el año de 1741, acompañé como tutor, cabalgando con él a un ritmo prodigioso por la mayor parte de Europa, y de cuyo viaje original realizado por nosotros dos se ofrecerá una obrita de lo más deleitable en el transcurso de esta obra; apenas tuve tiempo, digo, y eso fue todo, de comprobar la verdad de una observación hecha por un viejo residente en aquel país;—a saber,
«Que la naturaleza no había sido muy pródiga, ni tampoco muy tacaña en sus dones de genio y capacidad para con sus habitantes; sino que, como una madre discreta, se mostró moderadamente bondadosa con todos ellos; observando un curso tan equitativo en la distribución de sus favores, que los situaba, en dichos aspectos, bastante cerca de un mismo nivel los unos con los otros; de modo que en aquel reino hallaréis pocos casos de talento refinado; pero una gran cantidad de buen y sencillo entendimiento doméstico entre todas las clases del pueblo, del cual todo el mundo tiene su parte;»
lo cual, a mi parecer, es muy cierto.
Con nosotros, ya ve usted, el caso es muy distinto:—estamos todos llenos de altibajos en este asunto;—usted es un gran genio;—o hay cincuenta probabilidades contra una, señor, de que sea usted un gran tonto y un cabeza hueca;—no es que haya una total falta de pasos intermedios,—no,—no somos tan irregulares como para llegar a tanto;—sino que los dos extremos son más comunes, y en mayor grado en esta isla inestable, donde la naturaleza, en sus dones y disposiciones de esta clase, es de lo más caprichosa y antojadiza; no siendo la fortuna misma más caprichosa que ella en el legado de sus bienes y enseres.
Esto es lo único que hizo titubear jamás mi fe en cuanto a los orígenes de Yorick, quien, por lo que puedo recordar de él y por todas las noticias que pude averiguar acerca de él, parecía no tener ni una sola gota de sangre danesa en todo su temperamento; en novecientos años, es posible que se hubiera agotado por completo:—No voy a filosofar ni un solo instante con usted sobre ello; pues, sucediera como sucediese, el hecho era este:—Que en lugar de esa fría flema y esa exacta regularidad de juicio y humores que cabría esperar en alguien de tal prosapia;—era, por el contrario, un compuesto tan mercurial y sublimado,—una criatura tan heteróclita en todas sus declinaciones;—con tanta vida, capricho y gaité de cœur en su interior, como el clima más benéfico hubiera podido engendrar y conjuntar.
Con todo este velamen, el pobre Yorick no llevaba ni una onza de lastre; era un completo novato en el mundo y, a la edad de veintiséis años, sabía más o menos tan bien cómo orientar su rumbo en él como una chiquilla juguetona y confiada de trece: de modo que, en sus primeros pasos, la brisa vivaz de su ánimo, como es de imaginar, lo hizo chocar diez veces al día contra los aparejos de cualquiera; y como los más graves y pausados eran los que más solían tropezarse en su camino, —puedes imaginar asimismo que era con ellos con quienes por lo general tenía la mala suerte de enredarse más.
A saber si en el fondo de semejante Fracas no habría alguna mezcla de ingenio desdichado;—pues, a decir verdad, Yorick sentía en su naturaleza una antipatía y una oposición invencibles hacia la gravedad;—no hacia la gravedad en cuanto tal;—pues cuando la gravedad era necesaria, era el más grave o serio de los mortales durante días y semanas enteras;—sino que era enemigo de su afectación, y le declaró una guerra abierta únicamente cuando esta se presentaba como un manto para la ignorancia o para la necedad; y entonces, siempre que se cruzaba en su camino, por muy amparada y protegida que estuviera, rara vez le concedía tregua.
A veces, en su desenfrenado modo de hablar, solía decir que la Gravedad era un bribón errante, y añadía —de la especie más peligrosa también—, por ser de los taimados; y que creía de verdad que a más personas honestas y bien intencionadas se las estafaba en sus bienes y dinero por su culpa en un solo año, que por el carterismo y el hurto en tiendas en siete. En el natural temperamento que un corazón alegre revelaba, solía decir, no había peligro —sino para sí mismo—; —mientras que la esencia misma de la gravedad era el cálculo y, por consiguiente, el engaño; —era un truco aprendido para ganarse el crédito del mundo por más sensatez y conocimiento de los que uno valía; y que, con todas sus pretensiones, —no era mejor, sino a menudo peor, que lo que un ingenio francés había definido hacía mucho tiempo, —a saber: Un misterioso porte del cuerpo para ocultar los defectos del espíritu; —cuya definición de la gravedad, Yorick, con gran imprudencia, solía decir que merecía estar escrita en letras de oro.
Pero, a decir verdad, era un hombre inexperto y ajeno al mundo, y se mostraba tan imprudente y tonto en cualquier otro tema de conversación en el que la prudencia suele imponer moderación. Yorick no tenía más que una impresión, y era la que surgía de la naturaleza del acto del que se hablaba; impresión que solía traducir al más puro castellano sin ningún rodeo;—y con demasiada frecuencia sin gran distinción de persona, tiempo ni lugar;—de modo que cuando se mencionaba un procedimiento mezquino o ruin⸺nunca se tomaba un momento para reflexionar quién era el héroe de la pieza,—cuál era su posición,—o hasta qué punto tenía el poder de perjudicarle en el futuro;—sino que, si era una acción baja,—sin más preámbulos,—el hombre era un sujeto despreciable,—y así sucesivamente.—Y como sus comentarios solían tener la mala suerte de terminar en un bon mot, o de estar animados de principio a fin por alguna bufonada o gracia de expresión, eso le daba alas a la indiscreción de Yorick. En una palabra, aunque nunca buscaba, al mismo tiempo, como rara vez rehuía las ocasiones de decir lo primero que se le venía a la cabeza y sin demasiados ceremoniales;—tenía en la vida demasiadas tentaciones de esparcir su ingenio y su humor,—sus pullas y sus bromas a su alrededor.—No se perdían por falta de quien las recogiera.
¿Cuáles fueron las consecuencias y cuál fue la catástrofe de Yorick a raíz de todo ello, lo leeréis en el siguiente capítulo.