Mientras mi padre escribía su carta de instrucciones, mi tío Toby y el cabo se afanaban en prepararlo todo para el ataque. Como lo de dar la vuelta a los finos calzones escarlata se había dejado de lado (al menos por el momento), no había nada que pudiera retrasarlo más allá de la mañana siguiente; así pues, se decidió para las once en punto.
—Ven, querida mía —le dijo mi padre a mi madre—, no será más que como un hermano y una hermana, si tú y yo damos un paseo hasta lo de mi hermano Toby, para respaldarle en este ataque suyo.
Mi tío Toby y el cabo ya se habían avituallado un rato antes, cuando entraron mi padre y mi madre, y dando el reloj las once, se disponían en aquel preciso instante a salir en tropel—; pero el relato de esto vale más que para ser tejido en el cabo de sobra del octavo volumen de una obra como esta.⸺A mi padre no le quedó más tiempo que para meter la carta de instrucciones en el bolsillo de la casaca de mi tío Toby—y unirse a mi madre para desearle un próspero ataque.
Me gustaría, dijo mi madre, mirar por la cerradura por mera curiosidad—Llámalo por su nombre, querida, replicó mi padre—
Y mira por la cerradura todo el tiempo que quieras.