Tengo una fuerte inclinación a empezar este capítulo de un modo muy disparatado, y no voy a reprimir mi capricho.—En consecuencia, arranco así:
Si el artilugio del espejo de Momo en el pecho humano, según la enmienda propuesta por aquel archicrítico, hubiese tenido lugar,—primeramente, esta necia consecuencia se habría seguido sin duda:—que hasta el más sabio y más grave de todos nosotros, de una u otra manera, habría tenido que pagar impuestos por ventana todos los días de su vida.
Y, en segundo lugar, que de haber estado allí colocado dicho cristal, no le habría faltado a uno más que tomar una silla e ir con sigilo, como quien se acerca a una colmena dióptrica, y mirar dentro; —contemplar el alma en cueros; —observar todos sus movimientos, —sus maquinaciones; —rastrear todas sus rarezas desde su primera gestación hasta su salida a la luz; —vigilarla a sus anchas en sus saltos, sus gambetas, sus caprichos; y tras tomar nota de su porte más solemne, consecuente con tales saltos, etc. ⸺para luego tomar pluma y tintero y consignar únicamente aquello que se había visto y de lo cual uno podría dar fe bajo juramento: —Mas esta es una ventaja de la que no goza el biógrafo en este planeta; —en el planeta Mercurio (tal vez) sea así, si no mejor aún para él; —pues allí el intenso calor del país, que los calculadores demuestran, por su proximidad al sol, que es superior al del hierro al rojo vivo, —debe de haber vitrificado hace ya mucho tiempo los cuerpos de los habitantes, (como causa eficiente) para adaptarlos al clima (que es la causa final); de modo que, entre ambas cosas, todas las moradas de sus almas, de arriba abajo, pueden no ser otra cosa, a despecho de lo que la más sólida filosofía pueda demostrar en contra, que un hermoso cuerpo transparente de cristal diáfano (salvo por el nudo umbilical) —de modo que, hasta que los habitantes envejecen y se arrugan tolerablemente, por lo cual los rayos de luz, al atravesarlos, se refractan de manera tan monstruosa, —o vuelven reflejados desde sus superficies en líneas tan transversales para el ojo, que ya no se puede ver a través de un hombre; —su alma bien podría, a no ser por mera cortesía, o por la minúscula ventaja que el punto umbilical le otorgaba, —bien podría, en todos los demás aspectos, digo, hacer el tonto tanto al aire libre como en su propia casa.
Pero esto, como dije antes, no es el caso de los habitantes de esta tierra;—nuestras mentes no brillan a través del cuerpo, sino que están envueltas aquí en una oscura cobertura de carne y sangre incristalizadas; de modo que, si queremos llegar a sus caracteres específicos, debemos poner manos a la obra de algún otro modo.
Muchos son, en verdad, los caminos que el ingenio humano se ha visto obligado a tomar para hacer esto con exactitud.
Algunos, por ejemplo, dibujan a todos sus personajes con instrumentos de viento;—Virgilio repara en este método en el episodio de Dido y Eneas;—pero es tan falaz como el soplo de la fama;—y, por lo demás, denota un genio limitado.
No ignoro que los italianos pretenden una exactitud matemática en sus designaciones de cierta clase particular de personaje entre ellos, a partir del forte o piano de cierto instrumento de viento que usan,—el cual, según dicen, es infalible.—No me atrevo a mencionar el nombre del instrumento en este lugar;—basta con que lo tengamos entre nosotros,—pero ni se os ocurra hacer un dibujo basándoos en él;—esto es enigmático, y se pretende que lo sea, al menos ad populum:—Y por tanto, os ruego, señora, que cuando lleguéiss aquí, leáis lo más deprisa que podáis, y no os detengáis a hacer ninguna indagación al respecto.
Hay otros aún, que deducirán el carácter de un hombre sin más ayudas en el mundo que meramente la de sus evacuaciones; —pero esto a menudo da un perfil muy incorrecto, —a menos que, en verdad, tomes también un boceto de sus repleciones; y corrigiendo un dibujo con el otro, compongas una buena figura a partir de ambos.
No tendría ninguna objeción a este método, si no fuera porque creo que debe oler demasiado a lámpara,—y resultar todavía más laborioso, al obligarle a prestar atención al resto de sus No-naturales.—Por qué las acciones más naturales de la vida de un hombre deben llamarse sus No-naturales,—es otra cuestión.
Hay otros, en cuarto lugar, que desdeñan cada uno de estos expedientes;—no por fecundidad propia, sino por las diversas maneras de hacerlo que han tomado prestadas de los honorables artificios que los Hermanos Pentagráficos del pincel han mostrado al sacar copias.—Estos, habéis de saber, son vuestros grandes historiadores.
Uno de estos lo verá dibujando una figura de cuerpo entero a contraluz; —eso es mezquino, —deshonesto, —y perjudica la reputación del hombre que posa.
Otros, para arreglar el asunto, le harán a uno un dibujo en la Cámara —eso es lo más injusto de todo—, porque allí uno tiene la seguridad de verse representado en alguna de sus actitudes más ridículas.
Para evitar todos y cada uno de estos errores al trazar el carácter de mi tío Toby, estoy decidido a delinearlo sin ayuda mecánica de ningún tipo;⸺ni mi pincel se dejará guiar por ningún instrumento de viento que haya sido soplado jamás, ni a este ni al otro lado de los Alpes;—ni tendré en cuenta sus repleciones ni sus descripciones,—ni tocaré sus No-naturales—sino que, en una palabra, trazaré el carácter de mi tío Toby a partir de su Caballito de batalla.