Al terminar el último capítulo, mi padre y mi tío Toby se habían quedado ambos en pie, como Bruto y Casio, al cierre de la escena, ajustando sus cuentas.
En cuanto mi padre pronunció las últimas tres palabras, se sentó; mi tío Tobías siguió exactamente su ejemplo, con la única diferencia de que, antes de tomar su silla, tocó la campanilla para ordenar al cabo Trim, que estaba esperando, que fuera a su casa por Stevinus; pues la casa de mi tío Tobías no estaba más lejos que al otro lado de la calle.
Algunos hombres habrían dejado el asunto de Stevinus; ⸺pero mi tío Toby no tenía rencor en el corazón, y continuó con el tema para demostrarle a mi padre que no lo tenía.
Su repentina aparición, doctor Slop, —dijo mi tío, reanudando la conversación—, me trajo al instante a Stevinus a la cabeza. (Mi padre, como podéis imaginar, no se ofreció a apostar nada más sobre la cabeza de Stevinus). —Porque —continuó mi tío Toby—, el célebre carro a vela que perteneció al príncipe Mauricio, y que era de tan maravillosa traza y velocidad que transportaba a media docena de personas treinta millas alemanas en no sé cuántos pocos minutos— fue inventado por Stevinus, aquel gran matemático e ingeniero.
—Podríais haberos ahorrado la molestia a vuestro criado —dijo el doctor Slop— (ya que el sujeto coje) de ir a buscar la descripción que hace Stevinus de aquello, pues a mi regreso de Leiden por La Haya, caminé hasta Schevling, que son dos buenas millas, con el único propósito de echarle un vistazo.
Eso no es nada, —replicó mi tío Toby—, comparado con lo que hizo el docto Peireskius, que se caminó tanto como quinientas millas, contando desde París hasta Schevling, y de Schevling a París otra vez de vuelta, con el solo fin de verlo,—y ninguna otra cosa.
Algunos hombres no soportan ser superados.
Más tonto es Peireskius, replicó el doctor Slop. Pero nótese bien que no fue por desprecio alguno hacia Peireskius;⸺sino porque la inatrapable fatiga de Peireskius al caminar tanto a pie, por amor a las ciencias, reducía la hazaña del doctor Slop en aquel asunto a la nada:—más tonto es Peireskius, volvió a decir.—¿Por qué?—replicó mi padre, tomando partido por su hermano, no solo para enmendar tan pronto como pudiera el insulto que le había propinado y que aún pesaba en su conciencia;⸺sino también, en parte, porque mi padre comenzaba a interesarse de veras en la conversación.—¿Por qué?—dijo. ¿Por qué se ha de insultar a Peireskius, o a cualquier otro hombre, por tener apetito de ese o de cualquier otro bocado de sano conocimiento? Pues a pesar de que nada sé del carruaje en cuestión, continuó, el inventor del mismo debió de tener una cabeza muy mecánica; y aunque no alcanzo a adivinar bajo qué principios de filosofía lo llevó a cabo;—sin embargo, su máquina fue construida sobre bases sólidas, sean cuales fueren, o no habría respondido al nivel que mi hermano menciona.
—Respondió —replicó mi tío Toby—, tan bien, si no mejor; pues, como expresa elegantemente Peireskius, hablando de la velocidad de su movimiento,
Tam citus erat, quam erat ventus ;
lo cual, a menos que haya olvidado mi latín, significa que era tan veloz como el viento mismo.
—Pero os ruego, Dr. Slop —dijo mi padre, interrumpiendo a mi tío (aunque no sin pedir perdón por ello al mismo tiempo)—, ¿sobre qué principios se puso en marcha esta carretela de las narices?—. ¡Sobre principios de lo más bonitos, sin duda alguna! —respondió el Dr. Slop—. Y a menudo me he preguntado —continuó, evadiendo la pregunta— por qué ninguno de nuestros hidalgos que vive en grandes llanuras como esta nuestra (especialmente aquellos cuyas mujeres aún están en edad de procrear) intenta nada de este género; pues no solo resultaría infinitamente expeditivo ante los llamados imprevistos a los que el sexo está sujeto —si tan solo soplara el viento—, sino que sería una excelente y provechosa economía aprovechar los vientos, que no cuestan nada y no comen nada, antes que los caballos, que (que se los lleve el diablo) cuestan y comen muchísimo.
—Por esa misma razón —replicó mi padre—, «porque no cuestan nada y porque no comen nada», el plan es malo; es el consumo de nuestros productos, así como el de sus manufacturas, lo que da pan al hambriento, fomenta el comercio, trae dinero y sostiene el valor de nuestras tierras; y aunque, lo confieso, si yo fuera un príncipe, recompensaría generosamente la mente científica que diera a luz tales inventos, aun así prohibiría categóricamente su uso.
Mi padre aquí se había metido en su elemento,⸺y prosigue tan prósperamente con su disertación sobre el comercio, como lo había hecho antes mi tío Toby con la de la fortificación;—pero, para desgracia de muchos sabios conocimientos, los hados habían decretado por la mañana que mi padre no hilara disertación alguna de ninguna especie en aquel día,⸺pues al abrir la boca para empezar la siguiente frase,