Si no hubiera sido por aquellos dos briosos carboneros, y aquel zopenco de postillón que los condujo desde Stilton hasta Stamford, la idea jamás se me habría pasado por la cabeza. Voló como el rayo⸺había una pendiente de tres millas y media⸺apenas tocamos el suelo⸺el movimiento era rapidísimo⸺impetuosísimo⸻se me comunicó al cerebro—mi corazón participó de él—«Por el gran Dios del día», dije, mirando hacia el sol, y sacando el brazo por la ventanilla delantera de la calesa mientras hacía mi voto, «cerraré con llave la puerta de mi estudio en cuanto llegue a casa, y arrojaré la llave a noventa pies bajo la superficie de la tierra, al pozo de balde que hay en la parte trasera de mi casa».
El carruaje de Londres me confirmó en mi resolución; pendía tambaleándose sobre la colina, apenas avanzando, arrastrado—arrastrado por ocho pesadas bestias—«¡a pura fuerza!⸺dije yo, asintiendo con la cabeza—¡pero vuestros superiores tiran del mismo modo—y un poco de lo de todos!—¡Oh, magnífico!».
Decidme, sabios, ¿vamos por siempre a añadir tanto al volumen, y tan poco al caudal?
¿Hemos de hacer por siempre nuevos libros, como los boticarios hacen nuevas mezclas, vertiendo tan solo de un vaso en otro?
¿Hemos de estar por siempre torciendo y detorciendo la misma cuerda?, ¿por siempre en el mismo camino, a por siempre el mismo paso?
¿Habremos de estar condenados en los días de la eternidad, tanto en los días de fiesta como en los laboriosos, a andar mostrando las reliquias de la erudición —como los frailes las de sus santos— sin obrar con ellas ni un solo —¡ni un solo milagro!?
¿Quién hizo al hombre, con facultades que lo lanzan de la tierra al cielo en un momento—esa gran, esa excelentísima y nobilísima criatura del mundo—el milagro de la naturaleza, como lo llamó Zoroastro en su libro περι φύσεως—la Shekinah de la presencia divina, según Crisóstomo⸺la imagen de Dios, según Moisés⸺el rayo de la divinidad, según Platón—la maravilla de las maravillas, según Aristóteles—para ir andando a hurtadillas a este ritmo tan lastimoso—alcahuete—chicanero?
Desdeño ser tan insultante como Horacio en la ocasión—pero si no hay catacresis en el deseo, ni pecado en él, desearía desde el fondo de mi alma, que todo imitador en la Gran Bretaña, Francia e Irlanda, tuviera elfarcin por su esfuerzo; y que hubiera una buena casa farsa, lo bastante grande como para contener—sí—y sublimar en ella, a morralla y morralleja, machos y hembras, todos juntos: y esto me lleva al asunto de Bigotes—pero, por qué cadena de ideas—se lo dejo como legado en manos muertas a las Prudas y a los Tartufos, para que lo disfruten y le saquen el mayor provecho.
Sobre bigotes
Siento haberlo hecho—fue una promesa tan inconsiderada como jamás haya cruzado por la cabeza de un hombre—¡Un capítulo sobre las patillas! ¡ay! el mundo no lo soportará—es un mundo delicado—pero yo no sabía de qué metal estaba hecho—ni había visto jamás el fragmento que sigue; de otro modo, tan cierto como que las narices son narices, y las patillas son patillas todavía (diga el mundo lo que quiera en contra); tan cierto habría evitado este peligroso capítulo.
El Fragmento
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- ⸻Estás medio dormida, buena señora, dijo el caballero anciano, tomando la mano de la anciana y dándole un suave apretón al pronunciar la palabra Bigotes ⸺¿cambiamos de tema? De ningún modo, respondió la anciana—me gusta tu relato de esos asuntos; así pues, echándose un pañuelo fino de gasa sobre la cabeza, recostándola hacia atrás en la silla con el rostro vuelto hacia él y estirando sus dos pies mientras se reclinaba—deseo, continuó ella, que sigas.
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El viejo caballero continuó de la siguiente manera:⸻¡Bigotes! exclamó la reina de Navarra, dejando caer su bola de labor, al pronunciar La Fosseuse la palabra⸺Bigotes, señora, dijo La Fosseuse, sujetando la bola al delantal de la reina con un alfiler y haciendo una reverencia mientras la repetía.
La voz de La Fosseuse era por naturaleza suave y baja, mas era una voz articulada; y cada letra de la palabra Bigotes cayó distintamente en el oído de la reina de Navarra—¡Bigotes!—exclamó la reina, poniendo mayor énfasis en la palabra, y como si aún desconfiara de sus oídos⸺¡Bigotes!—replicó La Fosseuse, repitiendo la palabra por tercera vez⸺No hay caballero, señora, de su edad en Navarra—continuó la dama de honor, abogando por los intereses del paje ante la reina—, que tenga tan galante par...—¿De qué?—exclamó Margarita, sonriendo—De bigotes—dijo La Fosseuse, con infinita modestia.
La palabra bigotes todavía se mantenía firme, y se siguió usando en la mayoría de las mejores compañías de todo el pequeño reino de Navarra, a pesar del uso indiscreto que La Fosseuse había hecho de ella: la verdad era que La Fosseuse había pronunciado la palabra, no solo ante la reina, sino en otras diversas ocasiones en la corte, con un acento que siempre implicaba algo de misterio—Y como la corte de Margarita, como todo el mundo sabe, era en aquel tiempo una mezcla de galantería y devoción⸺y siendo los bigotes tan aplicables a la una como a la otra, la palabra se mantuvo naturalmente firme⸺tanto ganó como perdió; es decir, el clero estaba a favor⸺los laicos estaban en contra⸺y en cuanto a las mujeres,⸺ estaban divididas.
La excelencia de la figura y del porte del joven Sieur De Croix comenzaba por entonces a atraer la atención de las damas de honor hacia la terraza ante la puerta de palacio, donde se montaba la guardia. La señora De Baussiere se enamoró perdidamente de él; La Battarelle hizo lo mismo —era el mejor tiempo para ello que jamás se hubiera recordado en Navarra—; La Guyol, La Maronette, La Sabatiere se enamoraron también del Sieur De Croix; La Rebours y La Fosseuse sabían más —De Croix había fracasado en su intento de congraciarse con La Rebours; y La Rebours y La Fosseuse eran inseparables.
La reina de Navarra estaba sentada con sus damas en el ventanal pintado, frente a la puerta del segundo patio, cuando De Croix cruzó por él—Es apuesto, dijo la señora de Baussiere .⸺Tiene buen porte, dijo La Battarelle ⸺Está bien formado, dijo La Guyol —Jamás he visto en mi vida un oficial de la guardia a caballo, dijo La Maronette , con dos tales piernas⸺Ni que se mantuviera tan bien sobre ellas, dijo La Sabatiere ⸻Pero no tiene bigote, exclamó La Fosseuse ⸺Ni un pelo, dijo La Rebours .
La reina se dirigió directamente a su oratorio, cavilando por todo el camino, mientras atravesaba la galería, sobre el asunto; dándole vueltas en su imaginación de un lado a otro— ¡Ave María! —¿qué querrá decir La Fosseuse?, dijo, arrodillándose sobre el cojín.
La Guyol, La Battarelle, La Maronette, La Sabatiere se retiraron al instante a sus aposentos⸻¡Bigotes!, se dijeron las cuatro para sus adentros, mientras echaban los cerrojos por dentro.
La dama Carnestolendas contaba sus cuentas con ambas manos, sin levantar sospechas, bajo su verdugo; desde san Antonio hasta santa Úrsula inclusive, ni un solo santo pasó por sus dedos sin patillas; san Antonio, san Domingo, san Benito, san Basilio, santa Brígida, todos tenían patillas.
La señora de Baussiere se había metido en un laberinto de extravagancias, al moralizar con demasiada intrincación sobre el texto de La Fosseuse—Montó en su palafrén, su paje la siguió—el mesonero pasó de largo—la señora de Baussiere siguió cabalgando.
—¡Un denario! —clamó la orden de la Merced—; ¡un solo denario en favor de mil cautivos pacientes cuyos ojos miran al cielo y a vos en busca de su redención!
⸺La dama Baussiere siguió adelante.
Apiádate de los desdichados —dijo un hombre devoto, venerable y de cabellos blancos, que sostenía mansamente entre sus manos marchitas una caja ceñida de hierro—; pido limosna para los desafortunados—buena mi Señora, es para una prisión—para un hospital—es para un anciano—un pobre hombre arruinado por un naufragio, por un fianza, por un incendio—pongo a Dios y a todos sus ángeles por testigo—es para vestir al desnudo—para alimentar al hambriento—es para consolar al enfermo y al quebrantado de corazón.
La dama Baussiere siguió adelante.
Un pariente venido a menos se inclinó hasta el suelo.
⸺La dama Baussiere siguió adelante.
Él corría suplicando a cabeza descubierta a un lado de su palafreno, conjurándola por los antiguos lazos de amistad, alianza, consanguinidad, etcétera. ⸺Prima, tía, hermana, madre,⸺por amor de la virtud, por el vuestro, por el mío, por el de Cristo, acordaos de mí⸺tened compasión.
⸺La dama Baussiere siguió adelante.
«Agárrate a mis bigotes —dijo la señora de Baussiere—». El paje se agarró a su palafrén. Ella desmontó al final de la terraza.
Hay ciertos trenes de ideas que dejan impresiones de sí mismos alrededor de nuestros ojos y cejas; y hay una conciencia de ello, en alguna parte del corazón, que sirve tan solo para hacer estos grabados más fuertes—los vemos, deletreamos y juntamos sin necesidad de diccionario.
—¡Ja, ja! ¡je, ji! —gritaron La Guyol y La Sabatiere, mirando de cerca las estampas de la otra—; ¡jo, jo! —gritaron La Battarelle y Maronette, haciendo lo mismo—: ¡Chist! —gritó una—; ¡sist, sist! —dijo una segunda—; ¡silencio!, exclamó una tercera—; ¡puf, puf!, replicó una cuarta—; ¡voto va!, exclamó la señora Carnavallette; fue ella quien le puso bigotes a santa Brígida.
La Fosseuse sacró el punzón del moño de su cabello y, tras trazar con el extremo romo el contorno de un pequeño bigote en un lado de su labio superior, se lo entregó a La Rebours. La Rebours negó con la cabeza.
La señora de Baussiere tosió tres veces en el interior de su manguito— La Guyol sonrió—Fuchi, dijo la señora de Baussiere . La reina de Navarra se tocó el ojo con la punta del dedo índice—como quien dice, os entiendo a todos.
Era evidente para toda la corte que la palabra estaba arruinada: La Fosseuse le había asestado una herida, y no había salido mejor librada tras pasar por todos aquellos desfiladeros⸺Se sostuvo débilmente, sin embargo, durante unos cuantos meses, al término de los cuales, hallando el Sieur De Croix que ya era hora de abandonar Navarra por falta de bigotes⸺la palabra se volvió por ende indecente, y (tras unos pocos esfuerzos) absolutamente inservible.
La mejor palabra, en la mejor lengua del mejor mundo, habría de sufrir bajo tales combinaciones.—El cura de d’Estella escribió un libro en contra de ellas, exponiendo los peligros de las ideas accesorias y advirtiendo de ellas a los navarros.
¿No sabe todo el mundo —dijo el cura d’Estella al concluir su obra— que las Narices corrieron la misma suerte hace algunos siglos en la mayor parte de Europa que los Bigotes han corrido ahora en el reino de Navarra? El mal, la verdad, no se extendió más lejos entonces, ¿pero acaso no han estado las camas y los rodapiés, los gorros de dormir y los orinales al borde de la destrucción desde entonces? ¿No corren peligro todavía los calzones, las aberturas de las sayas, las palancas de bomba —y las espitas y los grifos— por esa misma asociación? La castidad, por naturaleza, el más apacible de los afectos —con tal de darle rienda suelta— es como un león rampante y rugiente.
No se comprendió el sentido del argumento del cura de d’Estella.—Seguían el rastro al revés.—El mundo enjaezaba su asno por la cola.—Y cuando los extremos del pudor y los principios de la concupiscencia celebren juntos su próximo capítulo provincial, podrán decretar que la obscenidad también lo sea.