⸺“Ojalá, Dr. Slop —dijo mi tío Toby (repitiendo su deseo del Dr. Slop por segunda vez, y con un grado de mayor celo y vehemencia en su manera de desearlo que la primera vez que lo había deseado)—, ojalá, Dr. Slop —dijo mi tío Toby—, hubiera usted visto los ejércitos tan prodigiosos que tuvimos en Flandes”.
El deseo de mi tío Toby le hizo a Dr. Slop un flaco favor que su corazón jamás tuvo la intención de hacerle a nadie,—Señor, lo dejó desconcertado⸺y al sumir así sus ideas primero en la confusión y luego en la fuga, no pudo volver a reagruparlas por nada del mundo.
En todas las contiendas,—hombre o mujer,—ya sea por honor, por provecho o por amor,—da lo mismo para el caso;—nada hay más peligroso, señora, que un deseo que le sobreviene a uno de soslayo de esta manera imprevista: el modo más seguro en general de neutralizar la fuerza del deseo es que la parte hacia quien se dirige se ponga inmediatamente en pie—y le desee al deseante algo a cambio, de un valor más o menos equivalente,—equilibrando así la cuenta en el acto, uno se queda como estaba—y a veces hasta se saca ventaja del ataque con ello.
Esto quedará plenamente ilustrado ante el mundo en mi capítulo de los deseos.—
El Dr. Slop no comprendía la naturaleza de aquella defensa;—estaba desconcertado por ella, y aquello puso fin por completo a la disputa durante cuatro minutos y medio;—cinco le habrían sido fatales:—mi padre vio el peligro;—la disputa era una de las más interesantes del mundo: «Si el hijo de sus oraciones y desvelos debía nacer sin cabeza o con ella»;—esperó hasta el último momento para conceder al Dr. Slop, en cuyo favor se formulaba el deseo, su derecho a replicar; mas percibiendo, digo, que estaba confuso y seguía mirando con esa vacuidad de ojos perpleja con la que suelen mirar las almas desconcertadas—primero al rostro de mi tío Toby—luego al suyo—luego arriba—luego abajo—luego al este—al este cuarto al este, y así sucesivamente,⸺bordeándolo a lo largo del zócalo del friso hasta haber llegado al punto opuesto de la brújula,⸺y que en realidad había empezado a contar los clavos de latón del brazo de su silla,—mi padre pensó que no había tiempo que perder con mi tío Toby, de modo que retomó la palabra del siguiente modo.