en otras estructuras desde el aire—salvaba las regiones interiores de la oscuridad total; de modo que rara vez tuvimos que usar nuestras linternas eléctricas en las habitaciones superiores, excepto al estudiar detalles esculpidos. Por debajo de la capa de hielo, sin embargo, la penumbra se hacía más densa; y en muchas zonas del enmarañado nivel del suelo se llegaba a una oscuridad casi absoluta.
Para formarse una idea siquiera rudimentaria de nuestros pensamientos y sentimientos mientras penetrábamos en este laberinto de mampostería no humana, silencioso desde hacía eones, es preciso correlacionar un caos desesperadamente desconcertante de estados de ánimo, recuerdos e impresiones fugaces.
La tremenda y aterradora antigüedad y la desolación letal del lugar bastaban para abrumar a casi cualquier persona sensible, pero a estos elementos se sumaban el reciente horror inexplicable en el campamento y las revelaciones que los terribles murales escultóricos que nos rodeaban no tardaron en producir.