ávido de realizar más excavaciones y voladuras en la formación que se extendía hacia el oeste, a la cual pertenecían evidentemente los fragmentos exhumados.
Él estaba extrañamente convencido de que la marca era la impronta de algún organismo voluminoso, desconocido y radicalmente inabarcable de una evolución considerablemente avanzada, a pesar de que la roca que la portaba era de una fecha tan enormemente antigua —cámbrica, si no de hecho precámbrica— como para excluir la existencia probable no solo de toda vida altamente evolucionada, sino de cualquier vida en absoluto por encima de la etapa unicelular o, a lo sumo, de los trilobites. Esos fragmentos, con su extraña marca, debían de tener entre quinientos millones y mil millones de años de antigüedad.