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nydus/At the Mountains of MadnessPublic
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III. Las montañas de la locura

Llegó un momento, sin embargo, en que nuestras sensaciones no podían transmitirse con ninguna palabra que la prensa pudiera comprender, y un momento posterior en que tuvimos que adoptar una norma real de estricta censura.

El marinero Larsen fue el primero en divisar la línea dentada de conos y pináculos con aspecto de brujas más adelante, y sus gritos hicieron que todos acudieran a las ventanillas del gran avión con cabina. A pesar de nuestra velocidad, tardaron muchísimo en ganar prominencia; por lo que sabíamos que debían de estar infinitamente lejos, y que solo eran visibles debido a su altura anormal.

Poco a poco, sin embargo, se elevaron siniestramente en el cielo occidental, permitiéndonos distinguir varias cumbres desnudas, sombrías y negruzcas, y captar la curiosa sensación de fantasía que inspiraban al ser vistas bajo la rojiza luz antártica contra el sugerente fondo de nubes de polvo de hielo iridiscente.

En todo el espectáculo había un persistente e omnipresente atisbo de secreto descomunal y revelación potencial. Era como si estas torres austeras y de pesadilla marcasen los pilares de una puerta espantosa hacia esferas prohibidas del ensueño y abismos complejos de tiempo, espacio y ultradimensionalidad remotos. No pude evitar la sensación de que eran cosas malignas⁠—montañas de la locura cuyas laderas más lejanas seasomaban a algún abismo definitivo y maldito.

Ese fondo de nubes hirvientes y semiluminosas contenía sugerencias inefables de una vaga e inmaterial trascendencia, mucho más allá de lo espacialmente terrestre, y evocaba de forma espantosa la absoluta lejanía, separación, desolación y muerte milenaria de este mundo austral inexplorado e insondable.

Fue el joven Danforth quien llamó nuestra atención sobre las curiosas regularidades de la línea del cielo en las montañas más altas: regularidades

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