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nydus/At the Mountains of MadnessPublic
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IV

estalagmitas. Afuera, aquellas partes de las laderas de la montaña contiguas a las aberturas parecían invariablemente lisas y regulares; y Danforth pensó que las ligeras grietas y picaduras de la erosión tendían hacia patrones inusuales.

Inundado como estaba por los horrores y extrañezas descubiertas en el campamento, insinuó que las picaduras se asemejaban vagamente a aquellos desconcertantes grupos de puntos salpicados sobre las prístinas esteatitas verdosas, tan hidiondamente duplicados en los montículos de nieve concebidos con locura sobre aquellas seis monstruosidades sepultadas.

Habíamos ascendido gradualmente mientras volábamos sobre las estribaciones más altas y nos dirigíamos hacia el paso relativamente bajo que habíamos elegido. A medida que avanzábamos, mirábamos de vez en cuando hacia la nieve y el hielo de la ruta terrestre, preguntándonos si habríamos podido intentar el viaje con el equipo más sencillo de los primeros tiempos.

Algo para nuestra sorpresa, vimos que el terreno distaba mucho de ser difícil para lo que suelen ser estas cosas; y que, a pesar de las grietas y otros malos pasos, no habría sido probable que disuadiera a los trineos de un Scott, un Shackleton o un Amundsen.

Algunos de los glaciares parecían conducir a pasos barridos por el viento con inusual continuidad, y al llegar al paso que habíamos elegido, descubrimos que su caso no era una excepción.

Nuestras sensaciones de tensa expectación mientras nos preparábamos para coronar la cima y asomarnos a un mundo nunca antes pisado difícilmente pueden describirse sobre el papel, aun cuando no tuviéramos motivos para pensar que las regiones más allá de la cordillera fueran esencialmente distintas de las ya vistas y recorridas. El toque de misterio maligno en estas montañas fronterizas, y en el atrayente mar de

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