recorríamos incluso entonces, nos llamó la atención una curiosa coincidencia que aún no hemos intentado explicar, ni siquiera a nosotros mismos. Las cimas de los edificios, que en la ciudad real que nos rodeaba se habían erosionado, por supuesto, hasta convertirse en ruinas informes hace eones, aparecían claramente representadas en los bajorrelieves, y mostraban vastos racimos de agujas filiformes, delicados pináculos en ciertos ápices de conos y pirámides, y hileras de finos discos festoneados horizontales que coronaban fustes cilíndricos.
Esto era exactamente lo que habíamos visto en aquel espejismo monstruoso y portentoso, proyectado por una ciudad muerta de la cual tales perfiles urbanos habían estado ausentes durante miles y decenas de miles de años, que se vislumbró ante nuestros ignorantes ojos al otro lado de las insondables montañas de la locura cuando nos acercamos por primera vez al campamento desdichado del pobre Lake.
Sobre la vida de los Antiguos, tanto bajo el mar como después de que una parte de ellos emigrara a la tierra, se podrían escribir volúmenes. Los de las aguas poco profundas habían seguido haciendo el más pleno uso de los ojos en los extremos de sus cinco tentáculos cefálicos principales, y habían practicado las artes de la escultura y de la escritura de la manera más habitual —esta última llevada a cabo con un punzón sobre superficies de cera impermeable.
Los que estaban más abajo en las profundidades del océano, aunque utilizaban un curioso organismo fosforescente para procurarse luz, completaban su visión con oscuros sentidos especiales que operaban a través de los cilios prismáticos de sus cabezas; sentidos que hacían a todos los Antiguos parcialmente independientes de la luz en situaciones de emergencia. Sus formas de escultura y escritura habían cambiado curiosamente durante el descenso, incorporando ciertos procesos de