hacerlo, enfocamos ambas linternas a plena potencia contra la niebla momentáneamente rala; ya fuera por pura ansiedad primitiva de ver todo lo posible, o en un esfuerzo menos primitivo pero igualmente inconsciente por deslumbrar a la entidad antes de bajar la intensidad de nuestra luz y esquivar entre los pingüinos del centro laberíntico que teníamos por delante.
¡Desdichado acto! Ni el propio Orfeo, ni la mujer de Lot, pagaron mucho más caro una mirada atrás. Y de nuevo vino aquel escalofriante y estridente silbido: «¡Tekeli-li! ¡Tekeli-li!».
Danforth estaba totalmente desquiciado, y lo primero que recuerdo del resto del viaje es haberle oído tararear con ligereza una fórmula histérica en la que yo, único entre los mortales, habría podido encontrar otra cosa que una demencial irrelevancia. Sus ecos en falsete reverberaban entre los graznidos de los pingüinos; reverberaban a través de las bóvedas que teníamos delante y —¡gracias al cielo!— a través de las bóvedas ya vacías que quedaban atrás. No podía haberla empezado de inmediato —de otro modo no habríamos estado con vida corriendo a ciegas—. Me estremece pensar en lo que una ligera diferencia en sus reacciones nerviosas podría haber provocado.
“South Station Under—Washington Under—Park Street Under—Kendall—Central—Harvard—” El pobre muchacho iba recitando las conocidas estaciones del túnel de Boston-Cambridge que excavaba nuestro pacífico suelo natal a millares de millas de distancia, en Nueva Inglaterra, pero para mí el ritual no tenía ni incongruencia ni sabor a hogar. Solo me producía horror, porque conocía a la perfección la monstruosa y nefanda analogía que se lo había sugerido.
Habíamos esperado, al mirar atrás, ver una entidad en movimiento terrible e increíble si las brumas eran lo suficientemente tenues; pero de esa entidad nos habíamos formado una clara idea. Lo que vimos —pues