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nydus/At the Mountains of MadnessPublic
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¿Era posible que aquellos otros hubieran adoptado alguna idea agresiva o intentado aumentar su provisión de carne? Dudábamos de que aquel olor acre que los perros habían aborrecido pudiera causar una antipatía similar en estos pingüinos; puesto que sus antepasados ​​habían vivido obviamente en excelentes términos con los Antiguos⁠ —una relación amistosa que debía de haber sobrevivido en el abismo inferior mientras quedara alguno de los Antiguos⁠—.

Lamentando —en un recrudecimiento del viejo espíritu de la ciencia pura— que no pudiéramos fotografiar a estas criaturas anómalas, no tardamos en dejarlas con sus graznidos y avanzamos hacia el abismo cuya apertura se nos había demostrado de forma tan fehaciente, y cuya dirección exacta dejaban clara las ocasionales huellas de pingüino.

Poco después, un empinado descenso en un largo y bajo pasillo, sin puertas y singularmente carente de esculturas, nos hizo creer que por fin nos acercábamos a la boca del túnel. Habíamos pasado a otros dos pingüinos.

Entonces el corredor terminaba en un prodigioso espacio abierto que nos arrancó una exclamación involuntaria: un perfecto hemisferio invertido, obviamente muy bajo tierra, de exactamente cien pies de diámetro y cincuenta de alto, con arcos bajos que se abrevían alrededor de toda la circunferencia excepto en una parte, y esa única parte abriéndose cavenosamente con una abertura negra y arqueada que rompía la simetría de la bóveda hasta una altura de casi quince pies. Era la entrada al gran abismo.

En este vasto hemisferio, cuyo cóncavo techo estaba impresionante aunque decadentemente tallado a semejanza de la cúpula celestial primordial, unos cuantos pingüinos albinos deambulaban torpemente —ajenos allí, pero indiferentes y ciegos—. El túnel negro bostezaba indefinidamente con una pendiente pronunciada y descendente, con su abertura adornada por jambas y dintel grotescamente cincelados.

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