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nydus/At the Mountains of MadnessPublic
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X

Antártida interior como un páramo absoluta e irrevocablemente desprovisto de todo vestigio de vida normal.

Lo que oímos no fue la nota fabulosa de ninguna blasfemia sepultada de la tierra ancestral a cuya dureza superna un sol polar negado por las eras le hubiera arrancado una respuesta monstruosa.

En su lugar, era algo tan burlonamente normal y tan infaliblemente familiarizado por nuestras jornadas marinas frente a la Tierra de Victoria y nuestras jornadas de campamento en el estrecho de McMurdo, que nos estremeció pensar en ello allí, donde tales cosas no debían estar.

Para ser breves, era simplemente el graznido rauco de un pingüino.

El sonido amortiguado flotaba desde recovecos subglaciales casi opuestos al corredor de donde veníamos, regiones manifiestamente en dirección a aquel otro túnel hacia el vasto abismo.

La presencia de una ave acuática viviente en semejante dirección —en un mundo cuya superficie era de una inmutabilidad y una carencia de vida seculares— solo podía conducir a una conclusión; por lo tanto, nuestro primer pensamiento fue verificar la realidad objetiva del sonido.

Este fue, en efecto, repetido, y parecía a veces provenir de más de una garganta.

Buscando su origen, entramos por un arco del cual se habían retirado muchos escombros; reanudamos la apertura de nuestra ruta —con un suministro adicional de papel tomado con extraña repugnancia de uno de los bultos de lona encerada en los trineos— cuando dejamos atrás la luz del día.

A medida que el suelo glaciar dio paso a un cúmulo de detritos, distinguimos claramente unas curiosas huellas de arrastre; y en una ocasión Danforth halló una impronta nítida de un tipo cuya descripción resultaría por demás superflua.

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