Permítanme intentar explicar el asunto sin acobardarme. Había un olor..., y ese olor era vaga, sutil e inconfundiblemente afín al que nos había dado náuseas al abrir la demencial tumba del horror que el pobre Lake había disecado.
Por supuesto, la revelación no fue tan tajante en su momento como suena ahora. Había varias explicaciones concebibles, y nos dedicamos a cuchichear indecisos un buen rato. Y lo más importante de todo: no nos retiramos sin investigar más a fondo; pues, habiendo llegado tan lejos, nos repugnaba vernos frustrados por nada que no fuera un desastre seguro.
De todos modos, lo que debimos de sospechar era demasiado descabellado para creerlo. Tales cosas no sucedían en ningún mundo normal. Probablemente fue un puro instinto irracional lo que nos hizo atenuar nuestra única antorcha —tentados ya no por las decadentes y siniestras esculturas que nos miraban lascivas y amenazantes desde las agobiantes paredes— y lo que suavizó nuestro avance hasta convertirlo en un cauteloso caminar de puntillas y un reptar sobre el suelo cada vez más sembrado de basura y montones de escombros.
Los ojos de Danforth, así como su nariz, resultaron ser mejores que los míos, pues fue también él quien primero advirtió el aspecto extraño de los escombros después de haber pasado muchos arcos semiobstruidos que conducían a salas y corredores en la planta baja.
No tenía exactamente el aspecto que cabría esperar tras miles y miles de años de abandono, y cuando con cautela encendimos más luz vimos que parecía haberse abierto recientemente una especie de franja a través de ellos. La naturaleza irregular de esta última impedía ver marcas definidas, pero en las zonas más lisas había indicios de que se habían arrastrado objetos pesados.
En un momento dado nos pareció percibir un atisbo de huellas paralelas, como de patines. Esto fue lo que hizo que volviéramos a detenernos.