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nydus/At the Mountains of MadnessPublic
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III. Las montañas de la locura

Cinco días más tarde, el Arkham y el Miskatonic, con toda la tripulación y el equipo a bordo, se libraban del hielo flotante que cada vez era más denso y remontaban el mar de Ross, con las burlonas montañas de la Tierra de Victoria perfilándose hacia el oeste contra un turbulento cielo antártico y convirtiendo los lamentos del viento en un silbido musical de amplio registro que me helaba el alma hasta la médula.

Menos de dos semanas después dejamos atrás el último vestigio de tierra polar y dimos gracias al cielo por habernos librado de un reino maldito y encantado donde la vida y la muerte, el espacio y el tiempo, han hecho alianzas negras y blasfemas en las épocas desconocidas desde que la materia bulló y nadó por primera vez en la corteza apenas enfriada del planeta.

Desde nuestro regreso, todos nos hemos esmerado en desalentar la exploración antártica, y hemos guardado ciertas dudas y conjeturas para nosotros mismos con una espléndida unidad y lealtad. Ni siquiera el joven Danforth, con su crisis nerviosa, ha flaqueado ni ha soltado prenda ante sus médicos.

En efecto, como ya he dicho, hay una cosa que cree haber visto él solo y que no quiere contarle ni siquiera a mí, aunque creo que le ayudaría en su estado psicológico si accediera a hacerlo. Podría explicar y aliviar mucho, aunque tal vez aquello no fuera más que la secuela ilusoria de un impacto anterior. Esa es la impresión que recojo tras esos raros e irresponsables momentos en que me susurra cosas inconexas⁠—cosas que repudia con vehemencia en cuanto vuelve a controlarse.

Será una labor ardua disuadir a otros del gran sur blanco, y algunos de nuestros esfuerzos tal vez perjudiquen directamente nuestra causa al atraer miradas inquisitivas. Bien podríamos haber sabido desde un principio que la curiosidad humana es indestructible, y que los resultados que anunciamos bastarían para incitar a otros a adelantarse en la misma búsqueda milenaria de lo desconocido.

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