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nydus/At the Mountains of MadnessPublic
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XI

No habían sido siquiera salvajes; pues, ¿qué habían hecho en realidad? ¡Ese terrible despertar en el frío de una época desconocida—quizás un ataque de los cuadrúpedos peludos que ladraban frenéticamente, y una defensa aturdida contra ellos y contra los simios blancos igualmente frenéticos con sus extraños atavíos y bártulos!

Pobre Lake. Pobre Gedney. ¡Y pobres Antiguos! Científicos hasta el final; ¿qué habían hecho que nosotros no hubiéramos hecho en su lugar? ¡Señor, qué inteligencia y persistencia! ¡Qué manera de afrontar lo increíble, tal como esos parientes y antecesores esculpidos habían afrontado cosas solo un poco menos increíbles! ¡Radiados, vegetales, monstruosidades, simientes de las estrellas—fuesen lo que fuesen, eran hombres!

Habían cruzado los picos helados en cuyas laderas coronadas de templos en otro tiempo habían venerado a sus dioses y deambulado entre los helechos arborescentes. Habían encontrado su ciudad muerta meditando bajo su maldición, y habían leído sus postreros días esculpidos tal como lo habíamos hecho nosotros. Habían intentado llegar hasta sus congéneres vivos en las fabulosas profundidades de negrura que jamás habían visto, y ¿qué habían encontrado?

Todo esto cruzó al unísono por el pensamiento de Danforth y el mío mientras mirábamos aquellas siluetas sin cabeza y cubiertas de baba para pasar a los repugnantes relieves en palimpsesto y a los diabólicos grupos de puntos de baba fresca en la pared de al lado; miramos y comprendimos lo que debía de haber triunfado y sobrevivido allá abajo en la ciudad acuática ciclópea de aquel abismo nocturno y bordeado de pingüinos, de donde incluso ahora una siniestra bruma serpenteante empezaba a brotar pálidamente como en respuesta al grito histérico de Danforth.

El impacto de reconocer aquella masa fangosa y acéfala nos había congelado en estatuas mudas e inmóviles, y solo a través de

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