error inicial sobre el vulcanismo—, y pensamos con escalofríos en aquella niebla emparentada de la que acabábamos de escapar—en eso, y en el abismo blasfemo y engendrador de horrores de donde procedían todos esos vapores.
Todo iba bien con el avión, y torpemente nos pusimos nuestros pesados abrigos de piel para volar. Danforth puso en marcha el motor sin problemas, y despegamos con mucha suavidad por encima de la ciudad de pesadilla.
A muy gran altura debió de haber una gran perturbación, puesto que las nubes de polvo de hielo del cenit hacían toda clase de cosas fantásticas; pero a veinticuatro mil pies, la altura que necesitábamos para el desfiladero, la navegación nos resultó bastante practicable.
A medida que nos acercábamos a los picos escarpados, el extraño silbido del viento volvió a hacerse patente, y pude ver las manos de Danforth temblar sobre los mandos. Por mucho que fuera un completo aficionado, pensé en ese momento que tal vez yo sería mejor navegante que él para efectuar el peligroso cruce entre los pináculos; y cuando le hice gestos para cambiar de asiento y hacerme cargo de sus tareas, él no opuso resistencia.
Intenté conservar toda mi destreza y aplomo, y me quedé mirando el sector de cielo lejano y rojizo situado entre las paredes del desfiladero.
Pero Danforth, liberado de su pilotaje y con los nervios tensos hasta un punto peligroso, no pudo guardar silencio. Sentí que se volvía y se retorcía mientras miraba hacia atrás, hacia la terrible ciudad que se alejaba; hacia adelante, hacia los picos horadados de cuevas y plagados de cubos; hacia los lados, hacia el sombrío mar de estribaciones nevadas y cubiertas de murallas; y hacia arriba, hacia el cielo turbulento y de nubes grotescas.