autodefensa mental podía atribuir a otra causa que no fuera consciente y artificial.
Hasta entonces habíamos descartado, en lo que a una reflexión seria se refiere, cualquier teoría de que los cubos y murallas de las laderas tuvieran otro origen que no fuera el natural. ¿Cómo iba a ser de otro modo, cuando el hombre mismo apenas se había diferenciado de los grandes simios en la época en que esta región sucumbió al actual reino ininterrumpido de muerte glacial?
Sin embargo, ahora el dominio de la razón parecía irrevocablemente quebrantado, pues este laberinto ciclópeo de bloques escuadrados, curvos y angulares tenía características que eliminaban cualquier refugio reconfortante. Era, con toda claridad, la ciudad blasfema del espejismo en cruda, objetiva e ineludible realidad. Aquel maldito presagio había tenido una base material después de todo; había existido algún estrato horizontal de polvo de hielo en las altas capas atmosféricas, y esta espantosa supervivencia de piedra había proyectado su imagen a través de las montañas según las simples leyes de la reflexión. Por supuesto, el fantasma había sido distorsionado y exagerado, y había contenido cosas que la fuente real no contenía; sin embargo ahora, al contemplar esa fuente real, nos parecía aún más hedionda y amenazante que su distante imagen.
Sólo la increíble e inhumana enormidad de aquellas vastas torres y murallas de piedra había salvado a la espantosa criatura de su completa aniquilación en los cientos de miles —tal vez millones— de años que llevaba meditando allí en medio de los vientos de una desolada meseta. «Corona Mundi —El techo del mundo—». Toda clase de frases fantásticas brotaron de nuestros labios mientras mirábamos con vértigo el increíble espectáculo.
Volví a pensar en los mitos primigenios y ultraterrenos que tan persistentemente me habían acosado desde mi primera visión de este