Tenidos teníamos pensado mirar más lejos después; pero, como he dicho, las condiciones inmediatas dictaban otro objetivo presente. Habría habido, sin embargo, un límite; pues, tras haberse extinguido por fin entre los Antiguos toda esperanza de una futura ocupación prolongada del lugar, no podía dejar de producirse un cese completo de la decoración mural. El golpe definitivo, por supuesto, fue la llegada del gran frío que antaño mantuvo subyugada a la mayor parte de la tierra, y que jamás se ha marchado de los malogrados polos; el gran frío que, en el otro extremo del mundo, puso fin a las legendarias tierras de Lomar e Hiperbórea.
Justo cuándo comenzó esta tendencia en la Antártida sería difícil de precisar en años exactos. Hoy en día situamos el comienzo de los períodos glaciales generales a una distancia de unos quinientos mil años del presente, pero en los polos el terrible flagelo debió de comenzar mucho antes. Todas las estimaciones cuantitativas son en parte conjeturas, pero es muy probable que las esculturas decadentes se hicieran bastante menos de un millón de años atrás, y que el abandono real de la ciudad se completara mucho antes de la apertura convencional del Pleistoceno —hace quinientos mil años—, calculado en función de toda la superficie de la tierra.
En las esculturas decadentes había indicios por todas partes de una vegetación más escasa y de una menor vida campestre por parte de los Antiguos. Se mostraban aparatos de calefacción en las casas, y los viajeros de invierno aparecían envueltos en abrigos protectores. Luego vimos una serie de cartuchos —la disposición en franja continua se interrumpía con frecuencia en estas tallas tardías— que representaban una migración en constante crecimiento hacia los refugios más cercanos de mayor calidez; unos huían a ciudades bajo el mar frente a la costa lejana, y otros descendían a través de redes de cavernas de piedra caliza en las colinas huecas hacia el abismo negro y vecino de las aguas subterráneas.