cielo opalino vislumbrado entre sus cumbres, era un asunto sumamente sutil y tenue que no se podía explicar con palabras literales. Más bien se trataba de una cuestión de vago simbolismo psicológico y asociación estética; algo mezclado con poesía y pinturas exóticas, y con mitos arcaicos que acechan en volúmenes repudiados y prohibidos.
Aun la carga del viento guardaba una extraña cepa de malignidad consciente; y por un segundo pareció que el sonido compuesto incluía un silbido musical bizarro, o un tétrico flautear en una amplia gama mientras la ráfaga barría hacia dentro y hacia fuera de las omnipresentes y resonantes bocas de las cuevas.
Había una nota turbia de repulsión reminiscente en este sonido, tan complejo e inubicable como cualquiera de las otras impresiones oscuras.
Nos encontrábamos ahora, tras un lento ascenso, a una altura de veintitrés mil quinientos setenta pies según el aneroide; y habíamos dejado atrás definitivamente la región de la nieve persistente.
Allá arriba solo había oscuras y desnudas laderas de roca y el inicio de glaciares de crestas rugosas, pero con aquellos provocativos cubos, murallas y resonantes bocas de cuevas añadiendo un presagio de lo antinatural, lo fantástico y lo onírico.
Mirando a lo largo de la línea de altos picos, creí poder ver el mencionado por el pobre Lake, con un rampa en la misma cima. Parecía medio perdido en una extraña neblina antártica; una neblina tal vez como la que había sido responsable de la temprana idea de Lake sobre el vulcanismo.
El desfiladero se alzaba directamente ante nosotros, terso y azotado por el viento entre sus pilares dentados y de amenazador ceño. Más allá se extendía un cielo retorcido por vapores arremolinados e iluminado por el bajo sol polar: el cielo de aquel misterioso reino lejano sobre el cual sentíamos que ningún ojo humano se había posado jamás.