varias etapas de la larguísima e inmemorial historia de la región, de modo que pudimos trazar un mapa apresurado pero cuidadoso de los elementos más destacados —plazas, edificios importantes y cosas por el estilo— como guía para futuras exploraciones.
Pronto podríamos reconstruir mentalmente toda aquella colosal maravilla tal como había sido hacía un millón, diez millones o cincuenta millones de años, pues las esculturas nos decían exactamente qué aspecto habían tenido los edificios, las montañas, las plazas, los suburbios, el entorno paisajístico y la exuberante vegetación del Terciario.
Debía de poseer una belleza maravillosa y mística, y al pensar en ella casi olvidé la pegajosa sensación de siniestra opresión con que la antigüedad inhumana, la enormidad, la muerte, la lejanía y el crepúsculo glacial de la ciudad habían ahogado y agobiado mi espíritu.
Sin embargo, según ciertas esculturas, los habitantes de aquella ciudad habían conocido ellos