las brumas eran por cierto demasiado y maliciosamente tenues— fue algo completamente diferente, e immeasurably más horrendo y detestable. Era la absoluta y objetiva encarnación de la «cosa que no debe ser» del novelista fantástico; y su análogo comprensible más cercano es un vasto tren subterráneo que se precipita velozmente tal como se lo ve desde el andén de una estación: el gran frente negro emergiendo colosalmente de una infinita distancia subterránea, constelado de luces de extraños colores y llenando la prodigiosa madriguera.
Pero no nos encontrábamos en un andén de estación. Estábamos en la vía, justo por delante, mientras la columna de pesadilla, plástica y de fétida iridiscencia negra avanzaba lenta y ceñida a través de su seno de quince pies, cobrando una velocidad impía y empujando ante sí una espiral de vapor del abismo pálido que volvía a condensarse.
Era una cosa terrible e indescriptible, más vasta que cualquier tren subterráneo—un conjunto informe de burbujas protoplasmáticas, débilmente bioluminiscentes, y con miríadas de ojos temporales que se formaban y se desvanecían como pústulas de luz verdosa por todo el frente que llenaba el túnel y se abalanzaba sobre nosotros, aplastando a los frenéticos pingüinos y reptando sobre el suelo reluciente que este y los de su especie habían barrido de manera tan perversa, dejándolo libre de todo desperdicio.
Aun llegaba aquel grito fantasmal y burlón: «¡Tekeli-li! ¡Tekeli-li!». Y al fin recordamos que los demoníacos Shoggoths —dotados de vida, pensamiento y patrones orgánicos flexibles únicamente por los Antiguos, y carentes de otro lenguaje que no fuera el expresado por grupos de puntos— tampoco tenían otra voz que los acentos imitados de sus antiguos amos.