Varias veces observamos las bocas de pequeñas galerías laterales no registradas en nuestros planos; ninguna de ellas como para complicar el problema de nuestro regreso, y todas bienvenidas como posibles refugios en caso de encontrarnos con entidades indeseables de camino de vuelta desde el abismo.
El aroma sin nombre de tales cosas era muy distinto. Sin duda era una locura suicida aventurarse en aquel túnel dadas las condiciones conocidas, pero el señuelo de lo inescrutable es más fuerte en ciertas personas de lo que la mayoría sospecha; en verdad, fue precisamente ese señuelo el que nos había traído a este páramo polar sobrenatural en un principio.
Vimos varios pingüinos al pasar, y especulamos sobre la distancia que tendríamos que recorrer. Las esculturas nos habían llevado a esperar una empinada caminata cuesta abajo de aproximadamente una milla hasta el abismo, pero nuestros deambulares anteriores nos habían demostrado que no se podía confiar del todo en las cuestiones de escala.
Tras cosa de un cuarto de milla, aquel olor sin nombre se acentuó enormemente, y vigilaron —mantuvimos muy de cerca— el rastro de las distintas aberturas laterales que fuimos pasando.
No había ningún vapor visible como en la boca, pero esto se debía indudablemente a la falta de un aire más frío que contrastara. La temperatura ascendía con rapidez, y no nos sorprendió toparnos con un montón descuidado de material que nos resultaba estremecedoramente familiar. Estaba compuesto por pieles y lonas de tienda cogidas del campamento de Lake, y no nos detuvimos a estudiar las extrañas formas en que habían sido cortadas las telas.
Un poco más allá de este punto notamos un decidido aumento en el tamaño y el número de las galerías laterales, y dedujimos que debíamos de haber llegado ya a la región densamente abcolmenada situada bajo las estribaciones más altas.