Ninguno de nosotros, supongo, durmió muy profundamente o de corrido aquella mañana. Tanto la emoción por el descubrimiento de Lake como la furia creciente del viento conspiraban contra ello. Tan salvaje era la ráfaga incluso allí donde nos encontrábamos, que no podíamos evitar preguntarnos cuánto peor sería en el campamento de Lake, situado directamente bajo los vastos picos desconocidos que la engendraban y arrojaban.
McTighe estaba despierto a las diez e intentó comunicarse con Lake por radio, según lo acordado, pero alguna condición eléctrica en el aire perturbado hacia el oeste parecía impedir la comunicación. Sin embargo, logramos conectar con el Arkham, y Douglas me dijo que él también había intentado en vano comunicarse con Lake. No sabía nada del viento, pues soplaba muy poco en el estrecho de McMurdo, a pesar de su persistente furia donde nos encontrábamos.
A lo largo del día todos escuchamos con ansiedad e intentamos comunicarnos con Lake a intervalos, pero invariablemente sin resultados.
Al mediodía, una auténtica furia de viento se desbocó desde el oeste, haciéndonos temer por la seguridad de nuestro campamento; pero al final amainó, con tan solo una recaída moderada a las dos de la tarde.
Después de las tres reinaba un gran silencio, y redoblamos nuestros esfuerzos por comunicarnos con Lake. Teniendo en cuenta que disponía de cuatro aviones, cada uno equipado con un excelente aparato de onda corta, no alcanzábamos a imaginar ningún accidente común capaz de inutilizar todo su equipo de radio al mismo tiempo. Sin embargo, el silencio pétreo continuaba, y al pensar en la fuerza delirante que el viento debió de tener en su zona, no pudimos evitar