Era la ordenada hilera de tres trineos en aquel rincón más alejado del trayecto inferior y saliente de la rampa lo que hasta entonces había estado oculto a nuestra vista. Allí estaban —los tres trineos desaparecidos del campamento de Lake—, sacudidos por un trato rudo que debió de incluir el arrastre forzoso a lo largo de grandes trechos de mampostería sin nieve y escombros, así como un considerable transporte a mano por lugares totalmente impracticables.
Estaban cuidadosa e inteligentemente empacados y atados, y contenían cosas de una familiaridad memorable: el calentador de gasolina, los bidones de combustible, los estuches de instrumentos, las latas de provisiones, lonas alquitranadas que obviamente abultaban con libros, y algunas que abultaban con contenidos menos obvios; todo ello proveniente del equipo de Lake.
Después de lo que habíamos encontrado en aquella otra habitación, en cierta medida estábamos preparados para este encuentro. La verdadera gran impresión llegó cuando pasamos al otro lado y desatamos una de las lonas, cuyos contornos nos habían inquietado de manera peculiar.
Parece que otros, además de Lake, se habían interesado en recolectar especímenes típicos; pues aquí había dos, ambos rigidamente congelados, perfectamente conservados, remendados con tela adhesiva donde se habían producido algunas heridas alrededor del cuello, y envueltos con esmero para evitar mayores daños.
Eran los cuerpos del joven Gedney y del perro desaparecido.