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nydus/At the Mountains of MadnessPublic
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Table of Contents

I

Por fin decidimos llevar a cabo nuestro plan original de volar quinientas millas hacia el este con los cuatro aviones de exploración y establecer una nueva subbase en un punto que probablemente se hallaría en la división continental más pequeña, según creíamos por error. Los especímenes geológicos obtenidos allí serian deseables con fines de comparación.

Hasta entonces nuestra salud se habí⁠a mantenido excelente; el zumo de lima contrarrestaba bien la dieta constante de alimentos en conserva y salados, y las temperaturas, por lo general por encima de cero, nos permitían prescindir de las pieles más gruesas.

Era ya pleno verano, y con prisa y cuidado tal vez lograríamos concluir el trabajo hacia marzo y evitar un tedioso invierno durante la larga noche antártica.

Varias violentas tormentas de viento se habían desatado sobre nosotros desde el oeste, pero habíamos escapado de sufrir daños gracias a la habilidad de Atwood al idear hangares rudimentarios para los aeroplanos y cortavientos de pesados bloques de nieve, y a reforzar con nieve los principales edificios del campamento. Nuestra buena suerte y eficiencia habían sido, en verdad, casi sobrenaturales.

El mundo exterior conocía, por supuesto, nuestro programa, y también se le había informado sobre la extraña y terca insistencia de Lake en realizar una excursión de prospección hacia el oeste —o más bien, hacia el noroeste— antes de nuestro cambio radical hacia la nueva base.

Parece que había meditado mucho y con un atrevimiento alarmantemente radical sobre aquella marca estriada y triangular en la pizarra; interpretando en ella ciertas contradicciones de la naturaleza y del período geológico que aguzaban su curiosidad al máximo, y lo volvían

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