Sería prolijo dar una relación detallada y cronológica de nuestras deambulaciones por el interior de aquel cavernoso y milenario panal de mampostería primigenia; aquella monstruosa guarida de secretos ancestrales que ahora resonaba por primera vez, tras incontables épocas, con el hollar de unos pies humanos.
Esto es especialmente cierto porque gran parte del horrible drama y de las revelaciones provino del mero estudio de los omnipresentes bajorrelieves murales.
Nuestras fotografías con linterna de dichos grabados harán mucho por demostrar la verdad de lo que ahora revelamos, y es lamentable que no lleváramos un suministro mayor de película con nosotros. Tal como fue, hicimos rudimentarios bocetos en blocs de notas de ciertos rasgos sobresalientes después de que se nos agotaran todas las películas.
El edificio en el que habíamos entrado era de gran tamaño y suntuosidad, y nos transmitía una idea impresionante de la arquitectura de aquel pasado geológico sin nombre. Las particiones interiores eran menos macizas que los muros exteriores, pero en los niveles inferiores se conservaban excelentemente. Una complejidad laberíntica, que implicaba diferencias curiosamente irregulares en los niveles de los suelos, caracterizaba toda la disposición; y sin duda nos habríamos perdido desde el principio mismo de no ser por el rastro de papel rasgado que fuimos dejando atrás.
Decidimos explorar primero las partes superiores, más ruinosas, por lo que trepamos a lo alto del laberinto unos cien pies, hasta el punto en que la hilera más alta de cámaras se abría, nevada y en ruinas, al cielo polar.