Danforth y yo conservamos recuerdos de haber emergido al gran hemisferio esculpido y de haber desandado nuestro camino a través de las ciclópeas salas y los corredores de la ciudad muerta; sin embargo, se trata puramente de fragmentos oníricos que no implican memoria alguna de voluntad, detalles o esfuerzo físico.
Había algo vagamente apropiado en nuestra partida de aquellas épocas sepultadas; pues mientras ascendíamos fatigosamente por el cilindro de mampostería primigenia de sesenta pies, vislumbramos junto a nosotros una procesión continua de esculturas heroicas ejecutadas con la técnica temprana e incorrupta de la raza muerta: un adiós de los Antiguos, escrito hace cincuenta millones de años.
Por fin, trepando hacia la salida en la parte superior, nos hallamos sobre un gran montículo de bloques caídos, con los muros curvos de sampia piedra más alta alzándose hacia el oeste, y las cumbres amenazantes de las grandes montañas asomándose más allá de las estructuras más derruidas hacia el este.
El cielo encima era una masa turbulenta y opalescente de tenues vapores de hielo, y el frío se aferraba a nuestras entrañas.
En menos de un cuarto de hora habíamos encontrado la empinada pendiente hacia las colinas —la probable terraza antigua— por la que habíamos descendido, y podíamos ver la oscura silueta de nuestro gran aeroplano en medio de las escasas ruinas sobre la ladera ascendente que teníamos delante.
A mitad de la pendiente hacia nuestra meta hicimos una pausa para tomar brevemente aliento, y nos volvimos para contemplar de nuevo el