¿Habían molestado los otros un lugar así y provocado una persecución asesina? Las obstrucciones no lo sugerían, pues los picos de los pingüinos contra los duros tejidos que Lake había disecado difícilmente podían explicar el terrible daño que nuestra aproximación empezaba a distinguir. Además, las enormes aves ciegas que habíamos visto parecían singularmente pacíficas.
¿Había habido, pues, una lucha entre aquellos otros, y eran los cuatro ausentes los responsables? Si era así, ¿dónde estaban? ¿Estaban cerca y eran susceptibles de constituir una amenaza inmediata para nosotros?
Miramos con ansiedad algunos de los pasajes laterales de suelo liso mientras continuábamos nuestra lenta y francamente reacia aproximación.
Fuera cual fuese el conflicto, sin duda había sido eso lo que había asustado a los pingüinos, empujándolos a su insólito deambular. Debía de haber surgido, por tanto, cerca de aquella colonia tenuemente escuchada en el golfo incalculable más allá, ya que no había indicios de que ningún ave hubiera vivido habitualmente allí.
Tal vez, reflexionamos, se había librado una espantosa persecución a carrera abierta, en la que el bando más débil intentaba regresar a los trineos escondidos cuando sus perseguidores acabaron con ellos.
Uno podía imaginarse la riña demoníaca entre entidades monstruosas sin nombre mientras surgía del abismo negro con grandes nubes de pingüinos frenéticos graznando y corriendo despavoridos al frente.
Digo que nos fuimos acercando a aquellas obstrucciones extensas e incompletas de manera lenta y remisa. ¡Poco faltó para que el Cielo quisiera que jamás nos hubiéramos acercado a ellas, sino que hubiéramos corrido de vuelta a toda velocidad fuera de aquel túnel blasfemo de suelos grasientamente lisos y murales degenerados que imitaban y se burlaban