Codal
nydus/At the Mountains of MadnessPublic
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XI

alcanzamos a echar un primer y único medio vistazo fugaz a la entidad que se nos echaba encima al dirigir una última y desesperadamente temerosa mirada hacia atrás antes de apagar la antorcha y mezclarnos con los pingüinos con la esperanza de eludir la persecución. > Si el destino que nos protegió fue benigno, aquel que nos concedió el medio vistazo fue infinitamente lo contrario; pues a ese destello de semivisión puede atribuirse la mitad entera del horror que desde entonces nos ha

Quizás nuestro único motivo al volver a mirar no fuera más que el instinto inmemorial del perseguido de calibrar la naturaleza y el rumbo de su perseguidor; o tal vez fuera un intento automático de responder a una pregunta subconsciente planteada por uno de nuestros sentidos.

En medio de nuestra huida, con todas nuestras facultades centradas en el problema de la escapatoria, no estábamos en condiciones de observar y analizar los detalles; mas, aun así, nuestras células cerebrales latentes debieron de extrañarse ante el mensaje que nuestras fosas nasales les hacían llegar. Después, comprendimos lo que era: que nuestra retirada de la fetida capa de limo que recubría aquellas obstrucciones sin cabeza, y la aproximación coincidente de la entidad perseguidora, no nos habían traído el intercambio de hedores que la lógica exigía.

En el barrio de las cosas postradas, aquel nuevo y recientemente inexplicable tufo había predominado por completo; pero a estas alturas ya debería haber cedido en gran medida ante el hedor sin nombre asociado con aquellos otros. Esto no había sucedido; pues, en su lugar, el olor más nuevo y menos soportable era ahora prácticamente puro, y crecía de manera cada vez más venenosa e imperativa a cada segundo.

Así que miramos hacia atrás —simultáneamente, al parecer; aunque sin duda el movimiento inicial de uno impulsó la imitación del otro. Al

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