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nydus/At the Mountains of MadnessPublic
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XII. La Ciudad Muerta

fantástico enmarañamiento de increíbles formas de piedra bajo nosotros⁠—perfiladas una vez más de un modo místico contra un poniente desconocido. Al hacerlo, vimos que el cielo al fondo había perdido la bruma matutina; los inquietos vapores de hielo se habían desplazado hacia el cenit, donde sus burlones contornos parecían a punto de fijarse en algún diseño estricto que temían hacer del todo definido o concluyente.

Allí quedaba ahora revelada en el último horizonte blanco tras la grotesca ciudad una tenue línea élfica de picos violeta cuyas alturas en punta de aguja se recortaban de manera onírica contra el seductor color rosa del cielo occidental.

Hacia este borde refulgente ascendía la antigua meseta, cuyo curso deprimido del río de antaño la atravesaba a modo de cinta irregular de sombra.

Durante un segundo contenemos el aliento con admiración ante la belleza cósmica y sobrenatural del paisaje, y luego un horror impreciso empezó a filtrarse en nuestras almas. Pues esa lejana línea violeta no podía ser otra cosa que las terribles montañas de la tierra prohibida —las cumbres más altas de la tierra y foco de su maldad; guaridas de horrores sin nombre y secretos arqueanos; rehuídas y objeto de plegarias por quienes temían esculpir su significado; no holladas por ningún ser viviente de la tierra, sino visitadas por los rayos siniestros y emisoras de extraños haces de luz a través de las llanuras en la noche polar.

Si los mapas y cuadros esculpidos en aquella ciudad prehumana habían dicho la verdad, aquellas enigmáticas montañas violetas no debían estar a muchísima menos distancia de tres millas; con todo, no con menor nitidez se recortaba su vaga y feérica esencia sobre aquel reborde remoto y nevado, como el borde serrado de un planeta monstruoso y ajeno a punto de elevarse hacia unos cielos desacostumbrados.

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