aquellas montañas de la locura repletas de ecos, vapores y panales vermiformes que cruzamos; sino de un único vislumbre fantástico y demoníaco, entre las nubes arremolinadas del cenit occidental, de lo que se ocultaba tras aquellas otras violetas montañas occidentales que los Antiguos habían esquivado y temido.
En raras ocasiones ha susurrado cosas inconexas e irresponsables sobre «el pozo negro», «el borde esculpido», «los proto-Shoggoths», «los sólidos sin ventanas de cinco dimensiones», «los cilindros sin nombre», «el faro antiguo», «Yog-Sothoth», «la gelatina blanca primigenia», «el color caído del espacio», «las alas», «los ojos en la oscuridad», «la escalera de la luna», «lo original, lo eterno, lo imperecedero» y otros conceptos estrafalarios; pero cuando está en su pleno juicio repudia todo esto y lo atribuye a sus curiosas y macabras lecturas de años anteriores. A Danforth, de hecho, se le conoce por estar entre los pocos que alguna vez se han atrevido a leer de cabo a rabo aquel ejemplar apolillado del Necronomicón que se guarda bajo llave en la biblioteca de la universidad.