Un Gedney enloquecido podría haber hecho los grupos de puntos a imitación de los que se encuentran en las estearitas verdosas, del mismo modo en que podrían haberse hecho los puntos en esos dementes túmulos funerarios de cinco puntas; y cabría la posibilidad de que hubiera preparado bocetos burdos y apresurados —que variaban en su precisión, o falta de ella— que perfilaban las partes vecinas de la ciudad y trazaban el camino desde un lugar representado de forma circular fuera de nuestra ruta anterior —un lugar que identificamos como una gran torre cilíndrica en los bajorrelieves y como un vasto abismo circular vislumbrado en nuestro reconocimiento aéreo— hasta la presente estructura de cinco puntas y la boca del túnel en ella.
Podría, repito, haber preparado tales bocetos; pues los que teníamos ante nosotros habían sido recopilados con toda evidencia, como los nuestros propios, a partir de esculturas tardías en algún lugar del laberinto glacial, aunque no de aquellas que nosotros habíamos visto y utilizado. Pero lo que este chapucero insensible al arte jamás habría podido hacer era ejecutar dichos bocetos con una técnica extraña y segura, quizás superior, a pesar de la prisa y el descuido, a cualquiera de las tallas decadentes de la que estaban tomados: la característica e inequívoca técnica de los Antiguos mismos en la época de esplendor de la ciudad muerta.
Habrá quienes digan que Danforth y yo estábamos rematadamente locos por no huir para salvar la vida después de aquello; ya que nuestras conclusiones eran ahora —a pesar de su desvarío— totalmente firmes, y de una índole que ni siquiera necesito mencionar a quienes hayan leído mi relato hasta aquí. Tal vez estuviéramos locos —pues ¿no he dicho acaso que aquellos horribles picos eran montañas de la locura?—. Pero creo percibir algo de ese mismo espíritu —aunque en una forma menos extrema— en los hombres que acechan a bestias mortales por las selvas africanas para fotografiarlas o estudiar sus hábitos. A pesar de estar medio paralizados por el terror, se avivó sin embargo en nuestro interior una llama ardiente de asombro y curiosidad que al final triunfó.