El olor sin nombre se mezclaba ahora curiosamente con otro, apenas menos ofensivo —de qué naturaleza no podíamos adivinarlo, aunque pensábamos en organismos en descomposición y tal vez en hongos subterráneos desconocidos.
Luego vino una sorprendente ampliación del túnel para la cual las esculturas no nos habían preparado: un ensanchamiento y elevación hacia una caverna elíptica de aspecto natural y suelo plano, de unas setenta y cinco pies de largo por cincuenta de ancho, con muchos pasajes laterales inmensos que se adentraban en una oscuridad enigmática.
Aunque esta caverna tenía un aspecto natural, una inspección con ambas antorchas sugería que había sido formada por la destrucción artificial de varios muros entre cavidades adyacentes.
Las paredes eran rugosas, y el techo alto y abovedado estaba repleto de estalactitas; pero el suelo de roca sólida había sido alisado y carecía de escombros, detritos o incluso polvo hasta un punto positivamente anormal.
Salvo por la avenida por la que habíamos venido, esto era cierto respecto a los pisos de todas las grandes galerías que se abrían a ella; y la singularidad de la condición era tal que nos dejó devanándonos los sesos en vano.
El curioso hedor nuevo que había venido a sumarse al aroma sin nombre era sumamente acre en este punto; tanto, que destruía todo rastro del otro.
Algo en todo este lugar, con su suelo pulido y casi reluciente, nos pareció más vagamente desconcertante y horrible que cualquiera de las cosas monstruosas con las que nos habíamos topado antes.