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nydus/At the Mountains of MadnessPublic
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III. Las montañas de la locura

semejantes a fragmentos aferrados de cubos perfectos, que Lake había mencionado en sus mensajes y que en verdad justificaban su comparación con las sugerencias oníricas de ruinas de templos primordiales, en cumbres asiáticas nubladas, pintadas sutil y extrañamente por Roerich.

Había en verdad algo que evocaba inquietantemente a Roerich en todo aquel continente sobrenatural de misterio montañoso. Lo había sentido en octubre, cuando avistamos por primera vez la Tierra Victoria, y lo sentí de nuevo ahora. Sentí también otra oleada de incómoda conciencia sobre semejanzas míticas arcaicas, sobre cuán inquietantemente correspondía este reino letal a la mal famada meseta de Leng en los escritos primordiales.

Los mitólogos han situado a Leng en el Asia Central, pero la memoria racial del hombre —o de sus predecesores— es larga, y bien puede ser que ciertos relatos hayan descendido de tierras, montañas y templos de horror anteriores a Asia y anteriores a cualquier mundo humano que conozcamos.

Unos cuantos místicos atrevidos han insinuado un origen pre-pleistoceno para los fragmentarios Manuscritos Pnakóticos, y han sugerido que los devotos de Tsathoggua eran tan ajenos a la humanidad como el propio Tsathoggua.

Leng, estuviera donde fuere en el espacio o en el tiempo, no era una región en la que me gustaría estar ni cerca de la cual quisiera pasar, como tampoco me apetecía la proximidad de un mundo que hubiera engendrado semejantes monstruosidades ambiguas y arcaicas como las que Lake acababa de mencionar. En ese momento sentía pena por haber leído alguna vez el aborrecido Necronomicón, o por haber hablado tanto con aquel folclorista desagradablemente erudito llamado Wilmarth en la universidad.

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