El estado cambiante del mundo a través de largas eras geológicas aparecía con sorprendente viveza en muchos de los mapas y escenas esculpidos.
En ciertos casos, la ciencia existente requerirá revisión, mientras que en otros sus audaces deducciones son magníficamente confirmadas.
Como he dicho, la hipótesis de Taylor, Wegener y Joly de que todos los continentes son fragmentos de una masa de tierra antártica original que se resquebrajó por la fuerza centrífuga y se separó a la deriva sobre una superficie inferior técnicamente viscosa —una hipótesis sugerida por cosas tales como los contornos complementarios de África y América del Sur, y la forma en que las grandes cadenas montañosas se arrugan y se empujan hacia arriba— recibe un apoyo sorprendente de esta siniestra fuente.
Mapas que mostraban de forma evidente el Carbonífero de hacía cien millones de años o más exhibían importantes fosas y abismos destinados más tarde a separar África de los reinos antaño continuos de Europa (por entonces la Valusia de la leyenda primigenia), Asia, las Américas y el continente antártico.
Otros mapas—y lo que es más significativo, uno relacionado con la fundación, hace cincuenta millones de años, de la vasta ciudad muerta que nos rodea— mostraban todos los continentes actuales bien diferenciados. Y en el espécimen más reciente que pudo encontrarse—que databa tal vez de la era del Plioceno—, el mundo aproximado de hoy aparecía con bastante claridad a pesar de la unión de Alaska con Siberia, de Norteamérica con Europa a través de Groenlandia, y de Sudamérica con el continente antártico a través de la Tierra de Graham.