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nydus/At the Mountains of MadnessPublic
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XI

cualquier otra entidad. La sincronía era demasiado ajustada para admitir dudas.

Del paradero de aquella pesadilla menos concebible y menos nombrable —esa fétida e invisibilizada montaña de protoplasmático vómito de cieno cuya raza había conquistado el abismo y enviado a pioneros terrestres a rediseñar y retorcerse por las madrigueras de las colinas— no podíamos hacernos la menor idea; y nos costó un auténtico dolor dejar a este Antiguo probablemente mutilado —tal vez un solitario superviviente— a merced del peligro de su recaptura y de un sino innombrable.

Menos mal que no aflojamos el paso. La neblina en espiral se había vuelto a espesar, y avanzaba a mayor velocidad; mientras que los pingüinos extraviados a nuestra retaguardia graznaban, chillaban y mostraban señales de un pánico realmente sorprendente si se consideraba su relativamente menor desconcierto cuando los habíamos pasado.

Una vez más llegó aquel silbido siniestro y de largo alcance: «¡Tekeli-li! ¡Tekeli-li!». Nos habíamos equivocado. El monstruo no estaba herido, sino que simplemente se había detenido al toparse con los cuerpos de sus congéneres caídos y con la inscripción de babaza infernal que había sobre ellos. Jamás podríamos saber qué significaba aquel mensaje demoníaco, pero aquellos entierros en el campamento de Lake habían demostrado cuánta importancia le concedían estos seres a sus muertos.

Nuestra antorcha, gastada sin prudencia, reveló por fin ante nosotros la gran caverna abierta donde convergían varios caminos, y nos alegramos de dejar atrás aquellas escabrosas esculturas en palimpsesto —casi sentidas aun cuando apenas se veían—.

Otro de los pensamientos que la aparición de la cueva inspiró fue la posibilidad de perder a nuestro perseguidor en este desconcertante punto de convergencia de grandes galerías.

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