Nuestros trabajos, sin embargo, no fueron muy constantes después de las cuatro de la tarde, pues a eso de esa hora Lake comenzó a enviar unos mensajes de lo más extraordinarios y exaltados.
Su jornada laboral había empezado de forma poco propicia, ya que una inspección aérea de las superficies de roca casi al descubierto mostró una total ausencia de aquellos estratos arcaicos y primordiales que estaba buscando, y que formaban una parte tan importante de los colosales picos que se alzaban a una distancia tentadora desde el campamento.
La mayoría de las rocas que se vislumbraban eran al parecer areniscas jurásicas y comancheanas, y esquistos pérmicos y triásicos, con algún que otro afloramiento negro y brillante que sugería un carbón duro y pizarroso.
Esto desanimó bastante a Lake, cuyos planes dependían enteramente de desenterrar especímenes más de quinientos millones de años más antiguos. Tenía claro que, para recuperar la veta de pizarra arcaica en la que había hallado las extrañas marcas, tendría que emprender un largo viaje en trineo desde estas estribaciones hasta las empinadas laderas de las gigantescas montañas.
Había decidido, sin embargo, hacer algunas perforaciones locales como parte del programa general de la expedición; por lo tanto, montó el taladro y puso a cinco hombres a trabajar con él mientras el resto terminaba de instalar el campamento y reparar el aeroplano dañado.
La roca visible más blanda —una arenisca a un cuarto de milla del campamento— había sido elegida para el primer muestreo; y el taladro avanzó de manera excelente sin necesidad de muchas voladuras suplementarias.
Unas tres horas más tarde, tras la primera detonación realmente fuerte de la operación, se oyeron los gritos de la cuadrilla de perforación; y el joven