No obstante, nuestras almas científicas y aventureras no estaban del todo muertas, y llevamos a cabo mecánicamente nuestro programa de extraer muestras a martillazos de todos los diferentes tipos de roca representados en la mampostería. Deseábamos un repertorio bastante completo para poder sacar mejores conclusiones sobre la antigüedad del lugar.
Nada en los grandes muros exteriores parecía datar de una época posterior a los períodos Jurásico y Comancheano, ni ninguna pieza de piedra de todo aquel lugar era más reciente que la era del Plioceno.
Con absoluta certeza, estábamos deambulando en medio de una muerte que había reinado durante al menos quinientos mil años, y con toda probabilidad, incluso más tiempo.
A medida que avanzábamos por aquel laberinto de penumbras sombreadas por la piedra, nos deteníamos en todas las aberturas accesibles para estudiar los interiores e investigar las posibilidades de entrada. Algunas estaban fuera de nuestro alcance, mientras que otras conducían únicamente a ruinas