Por otro lado, la prevalencia de formas de vida muy primitivas era singular en extremo. Aunque la formación caliza era, según la evidencia de fósiles incrustados tan típicos como los ventrícultos, indudable y categóricamente del Comancheano y ni una pizca anterior; los fragmentos libres en el espacio hueco incluían una proporción sorprendente de organismos hasta entonces considerados como exclusivos de periodos mucho más antiguos —incluso peces rudimentarios, moluscos y corales tan remotos como los del Silúrico o el Ordovícico.
La inevitable deducción era que en esta parte del mundo se había dado un grado notable y único de continuidad entre la vida de hace más de trescientos millones de años y la de hacía apenas treinta millones de años.
Hasta qué punto esta continuidad se había extendido más allá de la época del Oligoceno, cuando la caverna quedó sellada, escapaba por supuesto a toda especulación.
En cualquier caso, la llegada del espantoso hielo en el Pleistoceno, hace unos quinientos mil años —un mero ayer en comparación con la edad de esta cavidad—, debió de haber puesto fin a cualquiera de las formas primitivas que hubieran logrado sobrevivir localmente a sus eras comunes.
Lake no se conformó con dejar su primer mensaje tal cual, sino que hizo redactar otro boletín y lo envió a través de la nieve hacia el campamento antes de que Moulton pudiera regresar. Tras aquello, Moulton se quedó en la radio de uno de los aviones para transmitirme a mí —y al Arkham para su retransmisión al mundo exterior— los frecuentes posdatas que Lake le hacía llegar por medio de una sucesión de mensajeros.
Aquellos que siguieron los periódicos recordarán el revuelo que suscitaron entre los hombres de ciencia los informes de aquella tarde: informes que finalmente han conducido, después de todos estos años, a