A medida que nos acercábamos pudimos ver bajo ciertas partes transparentes de la capa de hielo, y divisar algunos de los puentes de piedra tubulares que conectaban las estructuras dispersas de manera disparatada a varias alturas.
De calles ordenadas no parecía haber ninguna, siendo la única franja ancha y abierta una situada a una milla a la izquierda, por donde el antiguo río indudablemente había fluido a través de la ciudad hacia las montañas.
Nuestros prismáticos revelaron que las bandas horizontales exteriores de esculturas casi borradas y los grupos de puntos eran muy abundantes, y podíamos medio imaginar el aspecto que la ciudad debió de tener en otro tiempo, a pesar de que la mayoría de los tejados y cimas de las torres se habían perdido necesariamente.
En su conjunto, había sido un complejo dédalo de callejuelas y pasajes retorcidos, todos ellos profundos cañones, y algunos poco mejores que túneles debido a la mampostería saliente o a los puentes en arco.
Ahora, extendida ante nosotros, se alzó como una fantasía onírica contra una neblina occidental a través de cuyo extremo norte el bajo y rojizo sol antártico de la primera hora de la tarde luchaba por brillar; y cuando, por un momento, ese sol tropezó con una obstrucción más densa y sumió la escena en una sombra temporal, el efecto resultó sutilmente amenazante de un modo que jamás podré esperar describir.
Hasta el débil aullido y silbido del viento imperceptible en los grandes pasos de montaña a nuestra espalda adquirió una nota más salvaje de malignidad deliberada.