En la Primera Meditación expongo las razones por las cuales podemos dudar en general de todas las cosas, y en especial de los objetos materiales, al menos mientras no tengamos otros fundamentos para las ciencias que los que hasta ahora hemos tenido.
Ahora bien, aunque la utilidad de una duda tan general no sea manifestarse a primera vista, es sin embargo de la mayor importancia, puesto que nos libera de todo prejuicio y proporciona el camino más fácil para que la mente se aparte de los sentidos; y finalmente hace que nos sea imposible dudar de cualquier cosa en la que descubramos la verdad más adelante.
En la Segunda [Meditación], la mente que, en el ejercicio de la libertad que le es propia, supone que no existe ningún objeto de cuya existencia tenga la más mínima duda, advierte que, entre tanto, ella misma debe existir. Y este punto es asimismo de la mayor importancia, pues de este modo la mente es capaz de distinguir fácilmente lo que le pertenece a ella misma, es decir, a la naturaleza intelectual, de lo que debe atribuirse al cuerpo.
Pero como algunos, quizás, esperarán, en esta etapa de nuestro progreso, una exposición de las razones que establecen la doctrina de la inmortalidad del alma, considero oportuno advertirles aquí que mi propósito fue no escribir nada de lo cual no pudiera dar una demostración exacta, y que, por tanto, me vi obligado a adoptar un orden similar al que usan los geómetras, a saber: sentar previamente todo de lo que depende la proposición en cuestión, antes de llegar a ninguna conclusión respecto a ella. Ahora bien, el primero y principal requisito para el conocimiento de la inmortalidad del alma es que seamos capaces de formarnos la concepción más clara posible (conceptus —concepto) del alma