en grandes poblaciones, suelen estar mal trazadas en comparación con esas ciudades regulares que un ingeniero traza libremente en una llanura; de modo que, aunque los edificios de las primeras a menudo igualen o superen en belleza a los de las segundas, al ver cómo están dispuestos sin orden, aquí uno grande y allá uno pequeño, y la consiguiente torcedura e irregularidad de las calles, se diría que ha sido más bien el azar que la voluntad de hombres guiados por la razón lo que ha dirigido tal disposición. Y si consideramos que, sin embargo, ha habido siempre ciertos funcionarios encargados de cuidar que los edificios particulares contribuyan al ornato público, se comprenderá fácilmente cuán difícil es alcanzar una gran perfección operando tan solo con los materiales ajenos.
De igual modo imaginaba que aquellas naciones que, partiendo de un estado semibárbaro y avanzando hacia la civilización por grados sucesivos, han visto sus leyes determinadas sucesivamente y, por decirlo así, impuestas por la sola experiencia de la